Cuentos de lo impeorable

Lo peor siempre puede empeorar

Relatos de Yeifer Orozco

¿Qué ocurre cuando el mundo, ya de por sí cruel, encuentra siempre una forma de hundirse un poco más?

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Tapa Blanda $ 59.300 Autores Editores

Trama de la obra

Cuentos de lo impeorable reúne diecisiete relatos que exploran los límites extremos del dolor, el sacrificio y la indiferencia humana, situando al lector frente a personajes atrapados en circunstancias donde cada decisión, por más noble o desesperada que sea, parece empujarlos hacia un desenlace todavía más devastador que el anterior. A lo largo de esta colección conviven historias de violencia física y psicológica, denuncias sociales basadas en hechos reales, fábulas simbólicas y relatos de tono fantástico, todos atravesados por una misma pregunta: ¿en nombre del amor, la venganza o la simple supervivencia, existe realmente un límite para el dolor que un ser humano puede soportar, infligir o justificar? Madres obligadas a decisiones imposibles, comunidades enteras abandonadas por la indiferencia institucional, actos de bondad que se convierten en condena, y una crítica constante a la hipocresía de un mundo que observa la tragedia ajena sin intervenir, conforman el universo narrativo de esta obra.

Vista Previa

Relato 1: ¡Epicentro!

Un hombre se colocó una soga al cuello con la misma calma con que otros se anudan una corbata antes de ir al trabajo. Ató el otro extremo a una de las barandas metálicas de un puente que partía en dos la ciudad justo sobre el río, y a plena luz del día, sin prisa, sin discurso, se arrojó al vacío. Decenas de personas lo vieron caer. Nadie gritó a tiempo. Nadie extendió una mano. La ciudad, acostumbrada ya a mirar sin intervenir, solo observó cómo un cuerpo más se sumaba a la larga lista de cosas que el mundo no alcanzaba a reparar. Cuando los agentes de criminalística subieron para bajar el cadáver, la soga —gruesa, vieja, cargada del peso de un cuerpo que ya no luchaba— se rompió. Alcanzaron a sujetar solamente su chaqueta antes de que la corriente se lo llevara. Dentro del bolsillo, doblada con el mismo descuido con que se dobla una carta sin importancia, encontraron una nota. Decía, sin firma, sin explicación: —Quiero ahorrarles el trabajo. Me he suicidado por aburrimiento. Horas después, mientras la ciudad seguía su curso indiferente, el demonio —el antiguo recolector de almas, aquel que durante siglos había cargado consigo el peso exacto de cada ahorcado— regresó a su hogar arrastrando dos costales enormes, dorados, tintineantes con el oro que siempre acompañaba a los suicidas de soga. Su esposa lo recibió con una sonrisa que llevaba siglos ensayando la misma tranquilidad. —¿Cómo te fue con el suicida? —preguntó, mirando los costales—. Veo que los trajiste. Eso significa que era un ahorcado. Siempre han sido tus favoritos. El demonio dejó caer los sacos en el suelo con un ruido metálico que resonó más fuerte de lo habitual. No respondió de inmediato. Algo en su rostro —ese rostro que había visto morir a millones sin que ninguno lograra jamás perturbarlo— parecía, por primera vez, fuera de lugar. —Estoy confundido —dijo finalmente, casi como si la palabra le costara pronunciarla. —¿Confundido? —Ella soltó una risa breve, incrédula—. Es la primera vez que te escucho decir algo así. ¿Qué podría sorprenderte a ti, después de tantos milenios? El recolector de almas guardó silencio un momento, como quien reordena algo que se resiste a tener sentido. —Sabes cuál es mi función con los ahorcados, ¿cierto? —Claro que lo sé. —Cuando alguien se arroja con una soga al cuello, yo aparezco en los últimos instantes. Me transformo en la criatura más horrible que la mente humana puede concebir, la síntesis exacta de todos sus terrores acumulados. Me monto sobre sus hombros, cargando estos costales, y aumento el peso sobre su cuerpo mientras la soga se tensa. —Nada nuevo bajo el sol —dijo ella—. Siempre ocurre lo mismo, ¿no es así? —Sí. El miedo llega, puntual como siempre. Los veo intentar aflojar la soga con dedos que ya no tienen fuerza. Los veo arrepentirse del acto que hace apenas segundos parecía la única salida posible. Los veo luchar, desesperados, por una vida que estaban dispuestos a entregar un instante antes. Todos terminan igual, porque en el fondo nadie quiere morir de verdad. Y soy yo quien los empuja al final, quien completa lo que ellos ya no tienen valor de terminar. Soy yo, en realidad, quien los mata, quien los tira al abismo. —Exacto —dijo la esposa, sosteniendo aún su sonrisa, como quien repasa una fórmula conocida de memoria. —Pero esta vez fue diferente —ostentó el demonio bajando la mirada—. ¡Y muy diferente! —¿Qué hizo, aquel suicida? —Nada. —¿Nada? —No intentó soltarse. No gritó. No pidió ayuda. No rezó, no maldijo, no lloró. Se quedó ahí, colgado, en absoluto silencio. El silencio se instaló también entre ellos, como una tercera presencia en la habitación. —Imposible. Todos hacen algo —insistió ella. Sin embargo, esta vez su voz sonó menos segura. El recolector tragó algo que no era saliva, sino un millón de años de certezas desmoronándose. —Me miró —dijo—. Me miró como si yo fuera una decepción. La sonrisa de la esposa se apagó por completo. —Eso es absurdo. —Lo sé. Pero fue exactamente así. Aparecí frente a él con mi forma más terrible, la que ha quebrado la voluntad de reyes y de santos por igual, esperando ver el mismo terror de siempre. En cambio, vi algo mil veces peor. —¿Peor que el terror? —Indiferencia absoluta. Por primera vez en toda su larga existencia, el demonio pareció cansado. No del trabajo, no del peso del oro sobre sus hombros, sino de algo mucho más antiguo y mucho más difícil de nombrar. Aquel demonio parecía no haber querido recolectar aquella alma. —Mientras la soga le cerraba la garganta —continuó—, me observó con una tranquilidad que no debería existir en un ser humano. Y sonrió. Como si hubiera esperado toda su vida, no a la muerte, sino a mí. Como si yo fuera, por fin, la única cosa en este mundo capaz de estar a la altura de su desprecio por todo lo demás. —¿Y entonces? —preguntó ella, ya sin rastro de burla en la voz—. ¿Qué pasó después? —Decidí bajarme de sus hombros. Comprendí, demasiado tarde, que aquel hombre ya cargaba dentro de sí algo peor que cualquier forma que yo pudiera adoptar. Pero antes de que lograra soltarme, él vio mi intención… y me sujetó. Con sus propias manos, tomó mis pies de ogro y me obligó a quedarme sobre sus hombros, a terminar lo que yo, por primera vez en toda mi existencia, no quería terminar. —¿Me estás diciendo —susurró ella, con el horror asomándose finalmente en su rostro— ¡que él te forzó a matarlo!? El demonio no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonó como algo roto que intenta, sin éxito, sonar entero. —Sentí lo que no había sentido en toda mi existencia. Decepción. Decepción por sentir alivio. Alivio de que, al fin, aquel hombre dejaba de ser mi problema, para convertirse en el problema del infierno. Hizo una pausa, y miró los costales de oro en el suelo pensando en que, siendo el primero, aquel suicida se subiera encima de sus hombros con ellos. —Estoy seguro —dijo finalmente— de que nadie, ni siquiera abajo, van a querer hacerse cargo de ese monstruo.

— Yeifer Orozco

Descripción

Con una prosa intensa, influenciada por la tradición del cuento fantástico y trágico latinoamericano, y sin rehuir de la crudeza cuando la historia lo exige, Cuentos de lo impeorable no busca únicamente conmover o perturbar al lector, sino también invitarlo a una reflexión incómoda sobre la empatía, la justicia y la responsabilidad colectiva frente al sufrimiento ajeno. Una obra pensada para quienes buscan literatura que no ofrezca respuestas fáciles, sino preguntas que permanezcan mucho después de haber terminado la última página.

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