El adolescente

Fiódor Dostoievski

PRIMERA PARTE: CAPÍTULO PRIMERO Sin resistir más, empiezo a escribir esta historia de mis primeros pasos en la carrera de la vida. Y sin embargo, muy bien podría pasarme sin esto. Una cosa es segura: que ya nunca más escribiré mi autobiografía, aunque tenga que vivir cien años. Hay que estar prendado muy bajamente de uno mismo para hablar así sin avergonzarse. La sola excusa que me doy, es que no escribo por el mismo motivo que todo el mundo, es decir, para obtener las alabanzas del lector. Si de repente se me ha ocurrido anotar palabra por palabra todo lo que me ha pasado desde el año anterior, es por una necesidad íntima: ¡tan impresionado me he quedado por los hechos acaecidos! Me limito a registrar los acontecimientos, evitando con todas mis fuerzas lo que les es ajeno, y sobre todo los artificios literarios; un literato se lleva escribiendo treinta años, y al final ignora por qué ha escrito tanto tiempo. No soy literato ni quiero serlo. Arrastrar la intimidad de mi alma y una bonita descripción de mis sentimientos por el mercado literario sería a mis ojos una inconveniencia y una bajeza. Preveo no obstante, no sin disgusto, que será probablemente imposible evitar del todo las descripciones de sentimientos y las reflexiones (quizás incluso vulgares): ¡tanto desmoraliza al hombre todo trabajo literario, hasta el emprendido únicamente para sí! Y estas reflexiones pueden aún ser muy vulgares, porque lo que uno estima puede muy bien no tener valor alguno para un extraño. Pero quede dicho todo esto entre paréntesis. He aquí hecho mi prefacio: no habrá nada más por el estilo. ¡Manos a la obra! Aunque no haya nada más embarazoso que emprender una obra, y quizás el poner manos a la obra en general. II Comienzo; es decir, querría comenzar mis memorias en la fecha del 19 de septiembre del año pasado, o sea precisamente el día en que por primera vez me encontré con... Pero explicar con quién me encontré, así como así, de buenas a primeras, cuando nadie sabe nada, será una vulgaridad; este tono mismo, a mi parecer, es ya vulgar: después de haberme jurado evitar los adornos literarios, he aquí que caigo en ellos desde la primera línea. Además, para escribir de manera sensata, no basta con quererlo. Haré notar también que no hay, estoy convencido, una sola lengua europea que sea tan difícil para escribir como el ruso. Acabo de releer lo que he escrito hace un instante, y veo que soy mucho más inteligente que lo que ha quedado escrito. ¿Cómo puede suceder esto de que las cosas enunciadas por un hombre inteligente sean infinitamente más estúpidas que lo que se queda en su cerebro? Lo he notado más de una vez en mí y en mis relaciones orales con los demás hombres durante todo este último año fatal, y me he sentido bien atormentado por eso. Aunque comience en la fecha del 19 de septiembre, diré sin embargo en dos palabras quién soy, dónde he estado antes de esa fecha y por añadidura lo que yo podía tener en la cabeza, a lo menos parcialmente, en aquella mañana del 19 de septiembre, para que todo sea más inteligible al lector, y quizás a mí mismo también. III Soy un antiguo bachiller, y heme aquí ahora con veintiún años cumplidos. Me llamo Dolgoruki, y mi padre legal es Makar Ivanov Dolgoruki, ex siervo criado de los señores Versilov. Así pues, soy hijo legítimo, aunque ilegítimo en el más alto grado, no cabiendo la menor duda sobre mi origen. He aquí cómo fue la cosa: hace veintidós años, el propietario Versilov (mi padre), que entonces tenía veinticinco años, visitó sus propiedades de la provincia de Tula. Supongo que en aquella época era todavía un ser de escasa personalidad. Es curioso cómo este hombre que me ha impresionado tanto desde mi infancia, que ha tenido una influencia tan capital en la formación de mi alma y que, por mucho tiempo quizá, ha contaminado todo mi porvenir, siga siendo para mí, incluso hoy y en una infinidad de puntos, un verdadero enigma. Pero volveremos sobre eso más tarde. No es tan fácil de referir. Pero, de todas formas, mi cuaderno entero estará lleno de este hombre. En aquella época, a los veinticinco años, acababa de perder a su mujer. Era una muchacha del gran mundo, pero no muy rica, una Fanariotova, y él tenía de ella un hijo y una hija. Mis noticias sobre esa esposa desaparecida tan pronto son bastante incompletas y se pierden en el conjunto de mis materiales; por lo demás, muchas circunstancias de la vida de Versilov se me han escapado, hasta tal punto se ha mostrado siempre conmigo orgulloso, altivo, reservado y negligente, a pesar de una especie de humildad, pasmosa a veces, hacia mí. Menciono sin embargo, a título de indicación, que ha gastado en el curso de su existencia tres fortunas e incluso bastante grandes, por un total de más de cuatrocientos mil rublos y quizá me quedo corto. Ahora, naturalmente, no tiene ya un copec... Pues sucedió que fue a sus propiedades «Dios sabe por qué»; por lo menos así es como se explicó él más tarde conmigo. Sus hijitos no estaban con él, sino en casa de parientes, según su costumbre; así es como se comportó toda la vida con su prole, legítima o ilegítima. Había en aquella hacienda una gran cantidad de criados: entre ellos, el jardinero Makar Ivanov Dolgoruki. Agregaré aquí, para no tener que volver sobre lo mismo, lo siguiente: pocas personas han podido maldecir su apellido tanto como yo lo he hecho a lo largo de toda mi vida. Era una cosa estúpida, pero era así. Cada vez que yo entraba en una escuela o me encontraba con gente a la que mi edad me obligaba a rendir cuentas, en una palabra, cada maestro de escuela, preceptor, censor, cura, no importa quién, después de haberme preguntado el nombre y de haberse enterado de que yo era Dolgoruki, experimentaba la necesidad de añadir: —¿El príncipe Dolgoruki? Y cada una de las veces me veía obligado a explicarles a todos aquellos holgazanes: —No, Dolgoruki tout court. Aquel tout court terminó por volverme loco. Anotaré como una especie de fenómeno que no me acuerdo de una sola excepción: todos me hacían la pregunta. Algunos, indudablemente, la hacían sin el menor interés; por lo demás, no sé qué podía interesar aquello a quienquiera que fuese. Pero todos lo hacían, todos, hasta el último. Al enterarse de que yo era simplemente Dolgoruki, el interrogador me examinaba de ordinario con una mirada obtusa y estúpidamente indiferente, poniendo de manifiesto que él mismo no sabía por qué me había interrogado, y se iba. Pero los más ofensivos eran los camaradas de la escuela. ¿Cómo pregunta un escolar a un novato? El novato, aturdido y confuso, el primer día de su entrada en la escuela (en no importa qué escuela) es la víctima propiciatoria en general: se le ordena, se le irrita, se le trata como a un criado. Un mocetón lleno de salud se planta de repente delante del infeliz, bien cara a cara, y lo observa algunos instantes con ojos severos e insolentes. El nuevo se mantiene delante de él en silencio, le mira a hurtadillas, si no es un cobarde, y aguarda los acontecimientos. —¿Cómo te llamas? —Dolgoruki. —¿Príncipe Dolgoruki? —No, Dolgoruki a secas. —¡Ah!... ¡a secas! ¡Idiota! Y tienen razón: nada más estúpido que llamarse Dolgoruki cuando no se es príncipe. Esa estupidez la arrastro conmigo sin que haya culpa por mi parte. Más tarde, cuando empecé a enfadarme seriamente, ante la pregunta «¿Eres príncipe?», respondía siempre: —No, soy hijo de un criado, antiguo siervo. Más tarde todavía, cuando llegué por fin a encolerizarme, a la pregunta «¿Es usted príncipe?», respondí firmemente un día: —No, Dolgoruki a secas, hijo natural de mi antiguo señor, el caballero Versilov. Fue en clase de retórica donde hice ese descubrimiento y, aunque me convencí pronto de que era una tontería, no renuncié en seguida. Me acuerdo de que uno de los profesores —por lo demás, el único— descubrió que yo estaba «lleno de ideas de venganza y de civismo». De una manera general, se acogió aquella salida con una seriedad un poco ofensiva para mí. Por fin uno de mis camaradas, un bajito muy mordaz con el cual yo apenas hablaba más de una vez al año, me dijo con aire profundo, pero mirándome ligeramente de costado: —Esos sentimientos le honran a usted, desde luego, y, sin duda alguna, tiene motivos para estar orgulloso. Sin embargo, en su lugar, yo no me jactaría tanto de ser hijo natural... ¡Se diría en realidad que está usted en una situación envidiable! Desde entonces cesé de jactarme de mi ilegitimidad. Lo repito, es difícil escribir en ruso: he ennegrecido ya tres hojas de papel para explicar cómo he abominado toda mi vida de mi apellido, y el lector ha sacado seguramente la conclusión de que lo único que me pasa es que estoy rabioso por no ser príncipe, sino sencillamente Dolgoruki a secas. No me rebajaré a explicarme ni a justificarme una vez más. IV Así pues, entre aquella servidumbre que era legión, además de Makar Ivanov se hallaba una muchacha que tenía ya los dieciocho años cuando Makar Dolgoruki, a los cincuenta, manifestó de repente la intención de casarse con ella. En el régimen de servidumbre, los casamientos entre siervos domésticos se realizaban, como se sabe, con autorización de los señores, a veces incluso por orden de los mismos. En la propiedad habitaba entonces una tía; a decir verdad, no era tía mía, sino la señora del castillo; solamente que, no sé por qué, todo el mundo la llamaba tía, tía en general, y lo mismo ocurría entre los Versilov, con los cuales, por lo demás, puede que estuviera emparentada. Era Tatiana Pavlovna Prutkova. Poseía aún en aquella época, en la misma provincia y en el mismo distrito, treinta y cinco «almas» de su propiedad exclusiva. Administraba, o vigilaba más bien, a título de vecina, la hacienda de Versilov (quinientas almas), y aquella vigilancia, por lo que he oído decir, era tan eficaz como la de no importa qué intendente especialmente instruido. Por lo demás sus conocimientos no me interesan en absoluto; quiero agregar solamente, rechazando todo pensamiento de alabanza y de adulación, que esta Tatiana Pavlovna es una criatura noble y hasta original. Fue, pues, ella quien, lejos de contrariar las inclinaciones matrimoniales del sombrío Makar Dolgoruki (parece que era muy sombrío), las animó en el más alto grado. Sofía Andreievna (aquella sierva de dieciocho años, mi madre) era huérfana desde hacía varios años; su padre, que sentía por Makar Dolgoruki un respeto extraordinario y le estaba, no sé por qué, muy agradecido, siervo él también, al morir seis años antes, en su lecho de muerte, y se pretende incluso que un cuarto de hora antes de entregar el último suspiro, tanto que se podría haber visto en aquello, en caso de necesidad, un efecto del delirio si no hubiese sido ya incapaz como tal siervo, había llamado a Makar Dolgoruki y, delante de todo el personal y en presencia del sacerdote, le había expresado en voz alta y apremiante aquella última voluntad, señalándole a su hija: —¡Edúcala y tómala por esposa! Aquellas palabras fueron oídas por todo el mundo. En lo que concierne a Makar Ivanov, ignoro con qué sentimientos se casó seguidamente, si con gran placer o solamente para cumplir un deber. Lo más probable es que presentara el aire exterior de una perfecta indiferencia. Era un hombre que, ya entonces, sabía adoptar una pose. Sin estar versado en las Escrituras ni ser un letrado (se sabía de memoria todos los oficios y sobre todo algunas vidas de santos, pero principalmente de oídas), sin ser una especie de razonador de profesión, tenía sencillamente un carácter resuelto, a veces incluso aventurero; hablaba con aplomo, tenía juicios categóricos y, en una palabra, «vivía respetablemente», según su pasmosa expresión. He ahí la clase de hombre que era entonces.
Naturalmente, disfrutaba del respeto universal, pero, se dice, se hacía insoportable a todo el mundo. Todo cambió cuando salió de la casa: no se habló ya de él más que como de un santo y un mártir. Todo esto lo sé de buena fuente. Por lo que se refiere al carácter de mi madre, Tatiana Pavlovna la guardó a su vera hasta que cumplió los dieciocho años, a pesar del intendente, que quería ponerla como aprendiza en Moscú, y le dio alguna educación, es decir, le enseñó la costura, el corte, las buenas maneras e incluso le hizo aprender un poco a leer. En lo que se refiere a escribir, mi madre no llegó a hacerlo nunca pasablemente. A sus ojos, aquel matrimonio con Makar Ivanov era desde hacía mucho tiempo una cosa resuelta y todo lo que le sucedió entonces le pareció excelente y perfecto; se dejó conducir al altar con la fisonomía más tranquila que se pueda tener en caso semejante, tanto que la misma Tatiana Pavlovna la trató entonces de «pava». Por esta misma Tatiana Pavlovna me he enterado de lo que concierne al carácter de mi madre en aquella época. Versilov llegó a sus tierras exactamente seis meses después de aquel matrimonio. V Quiero indicar solamente que jamás he podido saber ni adivinar de manera satisfactoria cómo comenzaron las cosas entre él y mi madre. Estoy totalmente dispuesto a creer, como él mismo me lo aseguró el año pasado, con rubor en las mejillas, aunque me hiciera todo el relato con el aire más desenvuelto y más «espiritual», que no hubo allí ni la novela más mínima, y que todo pasó «como pasan esas cosas». Creo que es verdad, y el «como pasan esas cosas» es una expresión encantadora. A pesar de todo, siempre he tenido deseos de saber cómo pudo iniciarse aquello. Esas porquerías siempre me han inspirado horror y me lo siguen inspirando. No, desde luego no es porque haya curiosidad malsana por mi parte. Haré notar que hasta el año pasado no he conocido a mi madre, por así decirlo; desde la infancia he estado confiado a extraños, para mayor comodidad de Versilov (más tarde se tratará de eso), y por consiguiente soy incapaz de figurarme la fisonomía que ella pudiera tener entonces. Si no era hermosa, ¿qué había en ella que pudiese seducir a un hombre como Versilov? Esta cuestión es importante para mí, porque este hombre se dibuja aquí en un aspecto extremadamente curioso. He ahí por qué me planteo la pregunta, y no por perversión. Él mismo, este hombre sombrío y reservado, me decía, con esa amable ingenuidad que se sacaba Dios sabe de dónde (como se saca un pañuelo del bolsillo) cuando le era necesario, que, por aquel entonces, no era más que «un cachorrillo estúpido» y, sin ser sentimental, acababa de leer, «como quien no quiere la cosa», Antonio el Desgraciado y Paulina Saxe, dos producciones literarias que han tenido un inapreciable influjo civilizador sobre la generación de aquellos tiempos. Agregaba que había sido quizás a causa del personaje de Antonio por lo que había vuelto al campo, y decía eso muy seriamente. ¿En qué forma aquel «cachorrillo estúpido» pudo entrar en relaciones con mi madre? Acabo de pensar que, si yo tuviese solamente un lector, éste no dejaría de prorrumpir en carcajadas a mis expensas: ridículo adolescente que, conservando su tonta inocencia, pretende razonar sobre cosas de las que no entiende ni jota. Sí, desde luego, todavía no entiendo nada de eso, y lo confieso sin el menor orgullo, porque sé hasta qué punto esta inexperiencia es algo estúpido en un chicarrón de veinte años; solamente que diré a ese señor que tampoco él entiende nada y se lo probaré. Es cierto que en cuestión de mujeres no sé nada, y nada quiero saber, porque me burlaré de ellas toda mi vida, me lo he jurado decididamente. Y sé sin embargo que una mujer puede encantarle a uno con su belleza, o sabe Dios con qué, en un abrir y cerrar de ojos; a otra, hace falta estarla trabajando seis meses antes de comprender lo que lleva en la mollera; a la de más allá, para verla del todo y quererla, no basta con mirarla, no basta con estar dispuesto a todo. Hace falta además ser un superdotado. Estoy convencido de ello, aunque no entienda nada; de no ser así, se necesitaría de golpe y porrazo rebajar a todas las mujeres a la categoría de simples animales domésticos y no mantenerlas cerca de uno más que en esta forma. Eso es lo que querría quizá muchísima gente. Lo sé positivamente por varios conductos, mi madre no era una belleza, aunque yo no haya visto jamás su retrato de aquellos tiempos, retrato que existe en alguna parte. Prendarse de ella a la primera mirada era pues imposible. Para una simple «distracción», Versilov podía elegir a otra cualquiera, y había una, en efecto, una jovencita, Anfisa Constantinovna Sapojkova, una criadita. Por lo demás, para un hombre que llegaba allí con el desgraciado Antonio, atentar, en virtud del derecho señorial, contra la felicidad conyugal de su siervo, habría resultado muy vergonzoso a sus propios ojos, puesto que, lo repito, apenas hace unos meses, es decir, después de transcurridos veinte años, hablaba aún de aquel infeliz Antonio con una seriedad extraordinaria. Ahora bien, a Antonio no le habían quitado más que el caballo, y no la mujer. Sucedió, pues, alguna cosa rara, en detrimento de la señorita Sapojkova (a mi entender, para ventaja de ella). Una o dos veces, el año pasado, en los momentos en que se podía hablar con él, cosa que no ocurría todos los días, le hice estas preguntas y noté que, a pesar de toda su cortesía y a veinte años de distancia, se hacía rogar largo rato antes de decidirse a hablar. Pero yo lograba mi propósito. Por lo menos, con aquella desenvoltura mundana que se permitía conmigo muchas veces, esbozó un día cosas muy extrañas: mi madre era una de esas personas sin defensa a las que no se puede querer, ¡desde luego que no!, pero que de repente, sin que se sepa por qué, suscitan un sentimiento de lástima, a causa de su dulzura. ¿A causa de qué en realidad? Nunca se sabe con seguridad. Pero la lástima perdura; a fuerza de lástima, se siente uno ligado... «En una palabra, pequeño, sucede incluso que no es posible ya zafarse.» Eso es lo que él me dijo. Y si las cosas ocurrieron realmente de aquella manera, me veo obligado a ver en él algo muy distinto al cachorrillo estúpido de que él mismo habla, refiriéndose a cómo era en aquella época. Esto es todo lo que yo quería hacer constar. Por lo demás, se puso en seguida a asegurarme que mi madre lo había querido por «humildad»; un poco más, y ya iba a inventar que «por obediencia servil». Mentía por dárselas de elegante, mentía contra su propia conciencia, contra toda norma de honor y de generosidad. Todo esto, desde luego, lo he escrito, pudiera decirse, en alabanza de mi madre, y sin embargo, como ya lo he declarado, ignoro en absoluto lo que ella fuese entonces. Es más, conozco muy bien la impermeabilidad del ambiente y de las nociones lastimosas entre las cuales ella se ha enranciado desde su infancia y entre las cuales ha pasado a continuación toda su existencia. A pesar de todo, la desgracia terminó por consumarse. A propósito, una rectificación: me he perdido entre las nubes y he olvidado un hecho que, por el contrario, era preciso hacer resaltar: todo se inició entre ellos precisamente por la desgracia. (Espero que el lector no se pondrá a fingir ahora que no comprende todo aquello de lo que inmediatamente quiero hablar.) En una palabra, aquellos comienzos fueron señoriales, aunque la señorita Sapojkova hubiese sido dejada a un lado. Pero aquí intervengo yo y declaro anticipadamente que no me contradigo en lo más mínimo. ¿De qué, gran Dios, de qué podía en aquella época hablarle un hombre como Versilov a una persona como mi madre, ni siquiera en el caso de un amor irresistible? Les he oído decir a personas libertinas que muy frecuentemente el hombre, al abordar a la mujer, empieza sin pronunciar una palabra, lo que es evidentemente el colmo de la monstruosidad y del cinismo; Versilov, aunque lo hubiese querido, no habría podido, creo yo, empezar de otra manera con mi madre. ¿Podría empezar explicándole el argumento de Paulina Saxe? Sin contar con que la literatura rusa era la menor preocupación de ambos; según sus propias palabras (un día que se franqueó conmigo), se ocultaban en los rincones, se acechaban el uno al otro en las escaleras, rebotaban lejos, como globos, con las mejillas rojas, si alguien pasaba, y el «tirano» temblaba delante de la última de las lavanderas, a pesar de todos sus derechos feudales. Si las cosas empezaron a la manera señorial, continuaron del mismo modo, pero no completamente, y en el fondo no hay que buscar explicaciones. No servirían más que para espesar las tinieblas. Las proporciones que tomó el amor de la pareja son ya un enigma, puesto que la primera cualidad de individuos como Versilov es la de dejarlo todo plantado una vez conseguido su objetivo. Pero aquí ocurrió de otra forma. Pecar con una bonita sierva pazguata (y no es que mi madre fuera tonta), para un «cachorrillo» libertino (todos eran libertinos, todos, hasta el último, progresistas y retrógrados) es cosa no solamente posible, sino incluso inevitable, sobre todo si se piensa en su situación novelesca de viudo joven y a sus anchas. Pero quererla toda la vida, es demasiado. No garantizo que él la haya querido; pero que la ha arrastrado detrás de él toda su vida, es un hecho. He hecho muchas preguntas, pero hay una, la más importante, que no me he atrevido a hacerle a mi madre de una manera formal, aunque me haya compenetrado mucho con ella el año pasado y, aunque hijo grosero e ingrato que juzga que se es culpable ante él, no me haya enfadado con ella en absoluto. En cuanto a la pregunta, hela aquí: ¿cómo pudo ella, casada no hacía más que seis meses y aplastada bajo todas las ideas sobre la santidad del matrimonio, aplastada como una mosca sin defensa, ella que respetaba a su Makar Ivanovitch como una especie de Dios, cómo pudo, en quince días escasos, caer en semejante pecado? No se trataba sin embargo de una mujer descarriada. Al contrario, lo diré ahora anticipadamente, sería difícil representarse un alma más pura, como lo ha sido durante toda su vida. La sola explicación es que obró sin darse cuenta de lo que hacía, sin tener conciencia de ello, no en el sentido en que los abogados de hoy en día lo dicen de sus asesinos o de sus ladrones, sino bajo una de esas impresiones fuertes que, en una víctima un poco simplota, la arrastran fatal y trágicamente. ¿Quién sabe? Tal vez ella le amó hasta la locura, amó el porte de sus trajes, la raya a la parisiense de sus cabellos, su pronunciación francesa, sí, francesa, de la cual ella no comprendía ni jota, la romanza que él cantó al piano. Amó algo que ella no había visto ni oído jamás (él era un hombre muy guapo) y de golpe y porrazo lo amó de cuerpo entero, hasta el desfallecimiento, lo amó con sus trajes y sus romanzas. He oído decir que esto les sucedía a veces a siervas jóvenes en la época de la servidumbre, e incluso a las más honradas. Lo comprendo. Vergüenza para quien lo explique únicamente por la servidumbre y «la humildad». Así pues, aquel joven pudo tener bastante fuerza y seducción para atraer a una criatura hasta entonces tan pura, y sobre todo a una criatura tan perfectamente extraña a su naturaleza, procediendo de un mundo muy distinto y de una tierra muy diferente, pudo atraerla a un abismo tan manifiesto. Que aquello era un abismo, espero que lo comprendió mi madre en todo momento; solamente que mientras caminaba hacia él no pensaba en eso; estos seres «sin defensa» son siempre los mismos: saben que el abismo está ahí y corren hacia él. Cometido el pecado, se arrepintieron inmediatamente. Él me ha contado con bastante ingeniosidad cómo sollozó sobre el hombro de Makar Ivanovitch, llamado expresamente para eso a su despacho, mientras que ella, durante aquel tiempo... Ella estaba acostada en algún sitio sin conocimiento, en su cuartito de sierva... VI Pero ya he hablado bastante de estas cuestiones y de estos detalles escandalosos. Versilov rescató a mi madre, comprándosela a Makar Ivanov, se marchó precipitadamente y desde entonces, como ya he escrito más arriba, la arrastró tras él casi por todas partes, salvo cuando se ausentaba por mucho tiempo: entonces la dejaba casi siempre encomendada a los buenos cuidados de la tía, es decir, de Tatiana Pavlovna Prutkova, que en aquellas ocasiones se encontraba siempre presente. Pasaban temporadas en Moscú, las pasaban en toda clase de otros dominios o villas, e incluso en el extranjero, y por fin en Petersburgo. Hablaré de eso más tarde o bien no hablaré en absoluto. Diré solamente que un año después de la separación de Makar Ivanovitch vine yo al mundo; un año después de mi nacimiento, vino mi hermana; luego, diez a once años más tarde, mi hermano menor, un niño enfermizo que murió al cabo de pocos meses. Aquellos partos dolorosos pusieron fin a la belleza de mi madre. Por lo menos eso es lo que se me ha dicho: empezó a envejecer y a debilitarse rápidamente. Pero con Makar Ivanovitch las relaciones no cesaron jamás. O bien estuviesen pasando temporadas los de Versilov, o bien viviesen varios años seguidos en el mismo sitio o viajasen, Makar Ivanovitch no dejaba de enviar noticias suyas «a la familia». Se constituyeron así relaciones singulares, un poco solemnes y casi serias. Entre señores, fatalmente se habría mezclado en aquello algo de cómico, lo sé muy bien; pero en este caso, ni hablar de eso. Las cartas llegaban dos veces al año, ni más ni menos, asombrosamente parecidas las unas a las otras. Las he visto; no contienen casi nada de índole personal; por el contrario, en todo lo posible, únicamente informaciones ceremoniosas sobre los acontecimientos más generales y los sentimientos más generales también, si es lícito expresarse así a propósito de sentimientos: noticias de su salud, luego preguntas sobre la salud del destinatario, luego votos de felicidad, saludos y bendiciones ceremoniosas, y pare usted de contar. Esta generalización y esta impersonalidad constituyen, a mi entender, el buen tono y el savoir vivre de aquel ambiente. «A nuestra amable y respetada esposa Sofía Andreievna dirijo nuestro más humilde saludo...» «A nuestros queridos hijos envío nuestra bendición paternal inalterable por siempre.» Seguían todos los nombres de los hijos, en el orden en que se habían ido acumulando, yo incluido. Anotaré aquí que Makar Ivanovitch tenía la suficiente inteligencia para no calificar a «Su nobleza el muy respetado señor Andrés Petrovitch» como «bienhechor» suyo, pero en cada carta le dirigía invariablemente sus más humildes saludos, pidiéndole su bendición e impetrando para él la gracia de Dios. Las respuestas a Makar Ivanovitch eran remitidas prontamente por mi madre, redactadas siempre en el mismo estilo. Versilov no participaba en la correspondencia. Makar Ivanovitch escribía desde todos los rincones de Rusia, desde las ciudades y desde los monasterios donde residía, a veces durante mucho tiempo. Llegó a convertirse en un «errabundo». No pedía nunca nada; por el contrario, tres veces al año venía sin falta a casa y se detenía en las habitaciones de mi madre, que siempre resultaba tener entonces un apartamiento exclusivo para ella, distinto del ocupado por Versilov. Tendré que volver más tarde sobre este particular, pero anotaré aquí solamente que Makar Ivanovitch no se tendía a pierna suelta en los divanes del salón, sino que se instalaba modestamente en algún sitio detrás de un biombo. No se quedaba mucho tiempo: cinco días, una semana. Se me ha olvidado decir que él amaba y respetaba mucho el apellido de Dolgoruki. Naturalmente, es una estupidez ridícula. Lo más ridículo es que aquel nombre le agradaba precisamente porque hay príncipes Dolgoruki. ¡Extraña idea, lo más contrario al sentido común! He dicho que la familia estaba siempre completa: ni que decir tiene que sin mí. Yo había sido, por decirlo así, como arrojado por la borda y colocado, casi inmediatamente después de mi nacimiento, en casa de extraños. No hubo en eso la menor intención; fue una cosa que se produjo con la mayor naturalidad. Cuando me trajo al mundo, mi madre era todavía joven y hermosa: a él le servía por tanto para algo, y un niño de pecho resultaba muy molesto, sobre todo en los viajes. He ahí cómo se explica que, hasta no cumplir los veinte años, no vi, por decirlo así, a mi madre fuera de dos o tres ocasiones pasajeras. La falta no podía achacársele a los sentimientos de mi madre, sino a la actitud altiva de Versilov hacia la gente. VII Pasemos ahora a otra cosa. Hace un mes, es decir, un mes antes del diecinueve de septiembre en Moscú, resolví renunciar a todos ellos y retirarme definitivamente dentro de mi idea. Escribo a propósito «retirarme dentro de mi idea», porque esta expresión puede significar todo mi pensamiento esencial, por lo que sigo estando vivo. En cuanto a lo que sea «mi idea», no haré más que hablar con mucha extensión en lo que sigue. En la soledad soñadora de mis largos años de Moscú se ha formado en mí desde los primeros años de estudio y desde entonces no me ha abandonado un instante. Ha devorado toda mi existencia. También antes de concebirla, yo vivía en el sueño, he vivido desde mi infancia en un reino encantado de un cierto matiz, pero, con la aparición de esa idea esencial y devoradora, mis sueños se han consolidado y han revestido de golpe y porrazo una forma determinada: absurdos que eran, se han hecho sensatos. El Instituto no impedía los sueños; tampoco impidió la llegada de la idea. Añadiré sin embargo que mi último curso fue malo, mientras que en todas las clases hasta entonces yo había estado en los primeros puestos: aquello se debió a esa misma idea, a la consecuencia tal vez falsa que extraje de ella. Así pues el Instituto no molestó a la idea, pero la idea molestó al Instituto. Molestó también a la Universidad. Salido del Instituto, tuve inmediatamente la intención de romper de una manera radical no sólo con todos los míos, sino, si era preciso, con el mundo entero, aunque no tuviese aún más que veinte años. Escribí sin ambages, a Petersburgo, que se me dejase definitivamente tranquilo, que no se enviase más dinero para mi sostenimiento, y, que si era posible, se me olvidase del todo (en el caso, claro es, en que se acordasen un poco de mí), y, en fin, que «por nada de este mundo» entraría yo en la Universidad. El dilema que se me planteaba era ineluctable: o bien la Universidad y la continuación de mis estudios, o bien retrasar cuatro años todavía la puesta en práctica de mi «idea». Tomé sin vacilar el partido de mi idea, porque yo estaba convencido matemáticamente. Versilov, mi padre, al que yo solamente había visto una vez en mi vida, por espacio de un instante, cuando yo tenía diez años (y que con aquel instante había tenido tiempo para dejarme estupefacto), Versilov, en respuesta a mi carta, que por lo demás no había estado dirigida a él, me llamó a Petersburgo con un billete escrito de su puño y letra, prometiéndome un empleo en casa de un señor particular. Aquella invitación de un hombre seco y orgulloso, lleno de altivez y de negligencia respecto a mí y que hasta entonces, después de haberme engendrado y abandonado en manos de desconocidos, no solamente no me había tratado, sino que ni siquiera se había arrepentido jamás (¿quién sabe?, quizá de mi propia existencia no tenía más que una noción vaga e imprecisa, puesto que, como se reveló más tarde, no era él el que entregaba el dinero necesario para mi estancia en Moscú, sino otras personas); la invitación de aquel hombre, digo, acordándose de mí de repente y honrándome con una carta autógrafa, esta invitación, al halagarme, decidió mi suerte. Cosa singular, lo que me agradó entre otros detalles en su billete (una paginita de formato pequeño) era que no decía una palabra de la Universidad, no me pedía que cambiase de intención, no me censuraba por no querer proseguir mis estudios, en una palabra, no usaba ninguno de los sermones paternales que son obligados en semejantes casos: y sin embargo era aquello precisamente lo que estaba mal de su parte, al testimoniar aún más su indiferencia hacia mí. Resolví partir por otro motivo además, el que aquello no dificultaba en nada mi sueño principal: «Ya veremos qué pasará: en todo caso, me ligaré con ellos únicamente durante algún tiempo, y quizá muy breve. En cuanto que me dé cuenta de que este viaje, por condicional e insignificante que sea, me aleja sin embargo de lo esencial, romperé inmediatamente, lo abandonaré todo y volveré a entrar en mi concha.» ¡En mi concha, qué bien está eso! «Me acurrucaré en ella como la tortuga»; la comparación me agradaba enormemente. «No estaré solo», continuaba yo haciendo mis cálculos mientras corría de un extremo a otro de Moscú durante aquellos días como una ardilla; «ya nunca estaré solo, como lo he estado hasta aquí durante tantos años espantosos: tendré conmigo mi idea, a la que no traicionaré jamás, aunque me agradasen todos los de por allá, aunque me diesen la felicidad más completa y aunque viviera con ellos diez años». He ahí la impresión, lo digo anticipadamente, he ahí la dualidad de planes y de objetivos que, esbozada ya en Moscú, no me abandonó ni un solo instante en Petersburgo (no sé si ha habido un solo día en Petersburgo que no me lo haya fijado de antemano como el plazo definitivo para ruptura con ellos y para mi partida); esta dualidad, digo, ha sido, creo yo, una de las causas principales de muchas de mis imprudencias en el curso de este año, de muchas de mis infamias, de mis bajezas incluso, sin hablar, naturalmente, de mis estupideces. De repente hacía irrupción en mi vida un padre que antes no existía. Esa idea me embriagaba durante mis preparativos en Moscú, durante el viaje en el tren. Un padre no era todavía nada, a mí no me gustaban los mimos: pero aquel hombre no había querido conocerme y me había humillado, mientras que, durante todos aquellos años, yo no soñaba más que con él hasta la saciedad (si esta expresión puede aplicarse a un sueño). Cada uno de mis sueños, desde mi infancia, se refería a él, flotaba en torno a él, terminaba por volver a él una y otra vez. No sé si lo odiaba o si lo quería, pero él llenaba todo mi porvenir, todas mis previsiones sobre la vida, y aquello había ido formándose por su cuenta, a medida que yo crecía. Lo que influyó en mi partida de Moscú fue también una circunstancia poderosa, una tentación que, tres meses antes de mi partida (en un momento en que, por consiguiente, ni siquiera había surgido la más remota posibilidad de lo de Petersburgo), hacía ya latir y encogerse mi corazón. Lo que me atraía en aquel océano desconocido, era que yo podía entrar en él como dueño y señor de la suerte de otra persona, ¡y de quién! Pero en mí borboteaban sentimientos magnánimos, y no despóticos. Lo prevengo con anticipación para que mis palabras no induzcan a error. Versilov podía pensar (si es que en general se dignaba pensar en mí) que iba a recibir a un jovencito recién salido del Instituto, un adolescente, entornando los ojos a la luz. Ahora bien, yo sabía, yo en persona, todo lo que él se traía entre manos y yo tenía en mi poder un documento de suma importancia, a cambio del cual (hoy lo sé con toda seguridad) él habría dado varios años de su vida, si yo le hubiese descubierto entonces el secreto. Pero me doy cuenta de que estoy hablando con enigmas. Imposible describir sentimientos sin hechos. Por lo demás, de todo esto se hablará suficientemente en el lugar que le corresponde, y por eso precisamente he cogido la pluma. Escribir de esta manera es casi estar sumergido en un delirio o ir andando por las nubes. VIII En fin, para llegar definitivamente a la fecha del 19, diré en pocas palabras, y, por decirlo así, de paso, que los encontré a todos, a Versilov, a mi madre y a mi hermana (veía a ésta por primera vez en mi vida) en un estado lamentable, casi en la miseria o al borde de la miseria. Ya me había enterado de eso en Moscú, pero estaba lejos de suponer que la cosa llegase a tal extremo. Desde mi infancia, me había acostumbrado a representarme a aquel hombre, «mi futuro padre», con una especie de aureola; yo no podía figurármelo de otra manera que ocupando en todas partes el primer puesto. Versilov jamás había habitado con mi madre, le alquilaba siempre un apartamiento particular: obraba así, desde luego, a causa de innobles «conveniencias». Ahora, por el contrario, vivían todos juntos, en un pabellón de madera de una callejuela del Semenovski Polk. Todo el mobiliario estaba ya en el Monte de Piedad, de forma que tuve incluso que entregar a mi madre, a espaldas de Versilov, mis misteriosos sesenta rublos. Misteriosos, porque se habían ido acumulando, con el dinero para mis gastos menudos que se me daba a razón de cinco rublos por mes, durante dos años; la acumulación había comenzado desde el primer día de mi «idea», y por eso precisamente Versilov no debía saber nada de aquel dinero. Era algo que me daba pánico. Aquella ayuda no fue más que una gota de agua en el océano. Mi madre trabajaba, mi hermana hacía también labores de costura; Versilov vivía en la ociosidad, se mostraba caprichoso y conservaba una multitud de viejas costumbres pasablemente dispendiosas. Era terriblemente difícil de contentar, sobre todo en la mesa, y sus aires eran siempre los de un verdadero déspota. Pero mi madre, mi hermana, Tatiana Pavlovna y toda la familia del difunto Andronikov (un jefe de oficina muerto tres meses antes y que llevaba también los asuntos de Versilov), comprendiendo una infinidad de mujeres, estaban de rodillas delante de él como delante de un fetiche. Yo no podía figurarme espectáculo semejante. Debo decir que nueve años antes él era infinitamente más seductor. He dicho ya que se me aparecía en mis sueños con una especie de aureola, y además me costaba trabajo creer que hubiese podido envejecer y estropearse hasta aquel punto en nueve años escasos; experimenté por ello inmediatamente pena, lástima y vergüenza. Entre mis primeras impresiones de llegada, la de verle a él fue una de las más penosas. Distaba mucho de ser un anciano, apenas tenía cuarenta y cinco años. Examinándolo más de cerca, descubrí en su belleza algo más impresionante aún que lo que se me había quedado en la memoria. Menos brillo, menos apariencia, menos rebuscamiento, pero la vida había marcado aquel rostro con un no sé qué mucho más curioso que antaño. Sin embargo, la miseria no era más que la décima o vigésima parte de sus desgracias; eso yo lo sabía muy bien. Además de la miseria, había algo infinitamente más grave, sin hablar de la esperanza que él conservaba aún de ganar un proceso entablado desde hacía un año contra los príncipes Sokolski a propósito de una herencia, y que podía reportarle en breve plazo una hacienda de setenta mil rublos y quizá más. Ya he dicho más arriba que este Versilov se había tragado en su vida tres herencias: ¡una vez más iba a ser salvado por otra! El asunto debía decidirse muy en breve. Yo había llegado con aquella esperanza. Únicamente que nadie prestaba dinero contando con una simple esperanza, no había nadie a quien pedirle prestado; mientras se aguardaba, había que sufrir. Por lo demás, Versilov no iba a pedirle nada a nadie, aunque a veces estuviese todo el día fuera de casa. Hacía más de un año que lo habían expulsado de la buena sociedad. Aquella historia, a pesar de todos sus esfuerzos, seguía estando para mí inexplicada, no obstante llevar ya más de un mes en Petersburgo. ¿Versilov era culpable o no? ¡Aquello era lo que me importaba y por lo que yo estaba allí! Todo el mundo le había vuelto la espalda, entre otros todos los personajes influyentes con los que siempre había sabido mantener relaciones. La causa eran ciertos rumores relativos a la conducta extremadamente baja y, lo que es peor a los ojos del mundo, extremadamente escandalosa, de la que se habría hecho culpable poco más de un año antes en Alemania, habiendo recibido entonces de forma muy ostentosa una bofetada justamente de un príncipe Sokolski, al cual no habría respondido con un desafío. Incluso su prole (legítima), su hijo y su hija, le habían vuelto la espalda y vivían separados de él. Cierto que este hijo y esta hija frecuentaban los medios más elevados de la buena sociedad, por su parentesco con los Fanariotov y el viejo príncipe Sokolski (ex amigo de Versilov). En realidad, al examinarlo en el curso de aquel mes, vi a un hombre orgulloso al que la sociedad no había excluido de su seno, sino que más bien era él quien había rechazado de su vera a la sociedad, ¡tan independiente era el aire que tenía! Pero ¿tenía derecho a adoptar aquel aire? Eso era lo que me turbaba. Yo tenía que saber forzosamente toda la verdad en el plazo más breve posible, porque yo había venido a juzgar a aquel hombre. Yo le ocultaba todavía mis fuerzas, pero me era preciso o bien adoptarlo, o bien rechazarlo enteramente. La segunda solución me habría resultado demasiado penosa, y de esta forma me atormentaba a mí mismo. Haré, en fin, una confesión: ¡quería a aquel hombre! De momento vivía con ellos, en su mismo alojamiento, trabajaba y a duras penas refrenaba mis groserías. No es que me abstuviese de ellas enteramente. Después de transcurrido un mes, estaba cada día más convencido de que la explicación definitiva no tenía que pedírsela a él. Aquel hombre orgulloso se erguía delante de mí como un enigma, profundamente ofensivo. Conmigo se mostraba incluso amable y complaciente, pero yo habría preferido las disputas a las bromas. Todas mis conversaciones con él tenían siempre no sé qué ambigüedad, o sencillamente no sé qué ironía singular por su parte. Desde el principio, a mi llegada de Moscú, no me había tomado en serio. Yo no llegaba a comprender por qué obraba él así. Sin duda, había conseguido aquel resultado consistente en permanecer impenetrable ante mí; pero, por mi parte, yo no me habría rebajado jamás pidiéndole que me tratase más en serio. Además, él tenía procedimientos sorprendentes e imperiosos ante los cuales yo no sabía qué hacer. En una palabra, me trataba como al último de los mocosos, cosa que me costaba trabajo soportar, aun sabiendo que aquello debía ser así. Consiguientemente, dejé incluso de hablar casi en absoluto. Yo esperaba a una persona cuya llegada a Petersburgo podría descubrirme definitivamente la verdad: en eso estribaba mi última esperanza. De todos modos, me preparaba a romper definitivamente y tomé todas las medidas necesarias para eso. Mi madre me daba lástima, pero... «o él, o yo»: he ahí lo que quería proponerle, a ella y a mi hermana. El día incluso estaba fijado; mientras tanto, yo iba a mi oficina. CAPÍTULO II I Aquel día diecinueve, yo debía también percibir mi primer mes de sueldo en casa del «particular» en cuestión. No se me había pedido mi opinión sobre aquella colocación, se me había entregado simplemente, por las buenas, a mi patrón, creo, el primer día de mi llegada. Era demasiado grosero, y casi me vi obligado a protestar. El sitio estaba en casa del viejo príncipe Sokolski. Pero protestar inmediatamente habría sido romper de golpe con ellos, lo que no me asustaba en lo más mínimo, pero era contrario a mis objetivos esenciales. Así, pues, acepté la colocación, esperando, sin decir palabra, defender mi dignidad con mi silencio. Diré ahora mismo que este príncipe Sokolski, rico y consejero privado, no era en forma alguna pariente de los príncipes Sokolski de Moscú (miserables desde hacía varias generaciones) con los que Versilov estaba enfrentado en aquel proceso. Lo único que tenían de semejante era el apellido. Sin embargo, el viejo príncipe se interesaba mucho por ellos y quería de una manera muy especial a uno de ellos, el jefe por así decirlo de la familia, un oficial joven. Versilov, hasta hacía poco, había tenido una influencia inmensa en los asuntos de aquel viejo y era su amigo, un amigo muy singular, puesto que aquel pobre príncipe, según he podido darme cuenta, le tenía un miedo terrible, no solamente en la época que entré a su servicio, sino también, creo, en todo el tiempo que duró aquella amistad. Por lo demás, desde hacía tiempo, ya no se veían; el acto deshonroso del que se acusaba a Versilov afectaba directamente a la familia del príncipe; pero Tatiana Pavlovna se encontró allí muy a propósito y por intermedio de ella fui colocado en casa del viejo, que quería tener a su vera «a un hombre joven», en su despacho. Sucedió también que él tenía un gran deseo de mostrarse agradable con Versilov, de dar en suma un primer paso hacia el otro, y que Versilov lo apreciara. El viejo príncipe había decidido de esta forma en ausencia de su hija, viuda de un general, que desde luego no le habría permitido hacer aquel avance. De eso se tratará más tarde, pero anotaré en seguida que esta rareza en sus relaciones con Versilov me impresionó en favor de éste. Yo pensaba que, si el jefe de una familia ofendida continuaba así teniendo respeto hacia Versilov, los rumores extendidos sobre la inmoralidad de éste debían ser falsos o por lo menos estar expuestos a interpretación. Aquello fue lo que en parte me impidió protestar: yo esperaba, al entrar en casa del príncipe, poder comprobar todo aquello. Esta Tatiana Pavlovna desempeñaba un raro papel en la época en que me la encontré en Petersburgo. Casi me había olvidado de su existencia y no esperaba en absoluto que tuviese que atribuirle semejante importancia. Me la había encontrado tres o cuatro veces en Moscú; ella surgía, no se sabía de dónde ni por orden de quién, cada vez que hacía falta instalarme en alguna parte, hacerme entrar en la triste pensión Tuchard o bien, dos años y medio más tarde, trasladarme al Instituto o bien alojarme en casa del inolvidable Nicolás Semenovitch. Una vez aparecida, se quedaba conmigo todo el día, pasaba revista a mi ropa blanca, a mis trajes, iba conmigo al Kuznetski, me compraba todos los objetos necesarios, me constituía, en una palabra, todo mi equipo, hasta el último maletín y el último portaplumas; y, mientras hacía aquello, no cesaba de gruñirme, de regañarme. ñarme, de abrumarme de reproches, de hacerme sufrir exámenes, de proponerme como ejemplo a yo no sé qué otros muchachos imaginarios de sus conocidos o de su parentela, todos mejores que yo, según ella, e incluso, a fe mía, me pellizcaba, me daba verdaderos golpes, en varias tandas y dolorosos. Después de haberme instalado y colocado, desaparecía durante varios años sin dejar rastro. Pues bien, fue ella la que, inmediatamente después de mi llegada, se presentó de nuevo para colocarme. Era una personilla bajita y seca, con una naricilla puntiaguda de pájaro y ojillos penetrantes, de pájaro también. Para Versilov, era una verdadera esclava. Estaba en adoración delante de él como delante de un Papa, pero por convicción. Sin embargo, noté bien pronto con asombro que todo el mundo sin excepción y en todas partes la respetaba y sobre todo que todo el mundo sin excepción y en todas partes la conocía. El viejo príncipe Sokolski tenía para ella una veneración extraordinaria; en su familia, pasaba lo mismo; los orgullosos hijos de Versilov, también; en casa de los Fanariotov, también. Sin embargo, ella vivía de la costura, del lavado de yo no sé qué encajes, y trabajaba para un almacén. Nos peleamos desde la primera palabra, porque pretendió regañarme como seis años antes; a continuación seguimos disputando cada día; pero eso no nos impedía conversar juntos a veces y confieso que al terminar el mes ya ella comenzaba a agradarme; esto era, pienso, a causa de la independencia de su carácter. Por lo demás, me guardé muy mucho de decírselo. Comprendí en seguida que se me había colocado junto a aquel enfermo únicamente para «ocuparlo» y que en eso consistía mi servicio. Naturalmente, aquello me humilló y tomé al punto mis medidas; pero bien pronto el viejo original me causó una impresión inesperada, como una especie de lástima, y, hacia fin de mes, sentía ya por él un raro afecto: en todo caso, abandoné mi intención de dejarlo plantado. Por lo demás no tenía mucho más de sesenta años. Había tenido toda una historia. Dieciocho meses antes había sufrido un ataque: en viaje para no sé dónde, perdió la cabeza por el camino, lo que dio lugar a una especie de escándalo del que se habló en Petersburgo. Como es conveniente en tales casos, se le condujo instantáneamente al extranjero, pero cinco meses después hizo su reaparición en perfecto estado de salud, únicamente que retirado. Versilov aseguraba seriamente (y con visible calor) que lo que le había pasado no era en modo alguno locura, sino un simple ataque de nervios. Aquel calor de Versilov, lo noté inmediatamente. Diré por lo demás que yo casi compartía su opinión. El viejo parecía únicamente a veces de una excesiva ligereza que no convenía en nada a su edad, lo que, según se dice, no le pasaba antes en ningún momento. Se decía que en otros tiempos daba yo no sé qué consejos ni dónde y que había ejecutado con mucha distinción una misión que le había sido confiada. Conociéndole desde hacía un mes, yo no le habría supuesto jamás capacidades especiales para ser consejero. Se había notado (aunque yo, por mi parte, no haya observado nada) que después de su ataque había quedado afectado por la singular manía de querer casarse lo antes posible y que, más de una vez en el curso de aquellos dieciocho meses, había pensado realizar aquella idea. En el mundo, al parecer, se sabía aquello y se estaba interesado en el asunto. Pero como aquella inclinación no respondía apenas a los intereses de ciertas personas que le rodeaban, por todas partes se montaba la guardia en torno al anciano. Su familia no era numerosa; hacía ya veinte años que él estaba viudo y no tenía más que una hija única, aquella viuda de general que se esperaba que llegase de Moscú de un día a otro, una persona joven cuyo carácter él temía visiblemente. Pero tenía una masa de parientes lejanos, sobre todo por parte de su difunta esposa, y todos los cuales estaban, por así decirlo, en la miseria; además de eso, existía la multitud de sus pupilos varones y hembras, objetos de sus beneficencias, y todos los cuales aguardaban una pequeña parte en el testamento y por consiguiente ayudaban a la generala a vigilar al anciano. Tenía éste además, desde su juventud, una singularidad de la que no sabría decir si era ridícula o no: la de casar a muchachas pobres. Las casaba desde hacía veinticinco años: parientes lejanos, nietas de primos hermanos de su mujer, ahijadas, y hasta la hija de su portero. Empezaba trayéndolas a su lado, muy niñas todavía, las hacía educar por institutrices y criadas francesas, luego las enviaba a los mejores establecimientos de instrucción, y por fin las dotaba. Todo aquel mundo giraba perpetuamente en torno a él. Naturalmente, las pupilas, una vez casadas, tenían a su vez hijas, todas estas hijas aspiraban también a su protección, en todas partes era padrino, todo aquel mundo venía a felicitarle en su fiesta y todo aquello le resultaba extremadamente agradable. Una vez en su casa, noté en seguida que en el cerebro del anciano se albergaba una convicción —era imposible no notarlo—, a saber que la gente le consideraba ahora con un aire extraño, que no se le trataba ya como antes, cuando el estado de su salud era perfecto; esa impresión no le abandonaba jamás, ni siquiera en las reuniones mundanas más alegres. El anciano se hizo susceptible; notaba algo en todos los ojos. La idea de que se le tuviese aún por loco le atormentaba visiblemente; incluso a mí mismo me miró a veces con desconfianza. Y si alguna vez se hubiese enterado de que alguien propagaba o confirmaba aquel rumor respecto a él, creo que ese hombre absolutamente sin rencor alguno se habría convertido en su enemigo mortal. Esto es lo que os ruego que tengáis en cuenta. Añadiré que esto fue también lo que me decidió desde el primer día a no tratarlo brutalmente; incluso me sentía feliz cuando por casualidad se me presentaba la ocasión de alegrarlo o de distraerlo; no creo que esta confesión pueda echar ninguna sombra sobre mi dignidad. Tenía invertida en negocios una gran parte de su fortuna. Después de su enfermedad había adquirido una participación en una gran sociedad anónima. Por lo demás muy sólida. Y aunque la empresa fuera gobernada por otros, él se interesaba también, frecuentaba las reuniones de los accionistas, se hizo elegir miembro fundador, asistía a los consejos, pronunciaba largos discursos, refutaba, hacía ruido, con una satisfacción manifiesta. Le encantaba pronunciar discursos: por lo menos todo el mundo podía así ver su ingenio. Y de una manera general, incluso en su vida privada más íntima, le encantaba enormemente colocar en su conversación algunas sentencias profundas o algunas frases brillantes; y yo lo comprendo. Había en su palacio, en el piso inferior, una especie de mostrador doméstico en el que un empleado se ocupaba de los negocios, hacía las cuentas y llevaba los libros, sin dejar de gobernar la casa. Este empleado, que tenía además un puesto oficial, era completamente suficiente, pero, por deseos del príncipe, se me colocó junto a él, con el pretexto de ayudarle. Únicamente que fui trasladado en seguida al gabinete del príncipe, y con mucha frecuencia no tenía delante de mí, ni siquiera para cubrir las apariencias, ni trabajo ni papeles ni libro. Escribo hoy como un hombre que se ha serenado hace mucho tiempo y está de vuelta de muchas cosas; pero ¿cómo representaría yo la pena (de la que me acuerdo aún tan vivamente) que invadía entonces mi corazón y sobre todo mi turbación de aquella época, que me condujo a un estado tal de inquietud y de acaloramiento, que ya no dormía por las noches, a causa de mi misma impaciencia y de los enigmas que me proponía a mí mismo? II Pedir dinero es una cosa muy sucia; incluso un salario, si en alguna parte de los repliegues de la conciencia se siente que ese salario no está bien ganado. Ahora bien, la víspera, mi madre, cuchicheando con mi hermana a propósito de Versilov («para no causarle pena a Andrés Petrovitch»), había manifestado su intención de llevar al Monte de Piedad un icono al que ella estimaba mucho. Yo tenía un salario de cincuenta rublos por mes, pero ignoraba en absoluto cómo lo percibiría; al colocarme, no se había precisado nada. Tres días después, al encontrarme abajo con el empleado, le pregunté dónde podría hacer que me pagaran. El otro me miró con una sonrisa de hombre asombrado (no me tenía la menor simpatía): —¿Es que tiene usted que cobrar algo? Yo esperaba que él agregase, inmediatamente después de mi respuesta: —¿Y por qué? Pero se limitó a responder secamente: —No sé nada —sumergiéndose luego en su libro rayado al que iba volcando cuentas escritas en tiras de papel. Por lo demás, él bien sabía que yo realizaba algún trabajo, a pesar de todo. Quince días antes, me había llevado exactamente cuatro días ocupado en un trabajo que él mismo me encargó: copiar en limpio un borrador. Había sido preciso redactarlo casi todo de nuevo. Era un amasijo de «ideas» del príncipe, ideas que se disponía a presentar al comité de los accionistas. De todo aquello había que componer un todo, y arreglar el estilo. A continuación el príncipe y yo nos pasamos todo un día hablando de aquel documento, y discutió muy vivamente conmigo; pero se quedó satisfecho. Solamente ignoro si el escrito fue remitido o no. No mencionaré dos o tres cartas de negocios que escribí también a petición suya. Si me fastidiaba lo de pedir mi salario, era porque había resuelto dejar la colocación, presintiendo que me vería obligado a irme también de allí, a causa de ciertas circunstancias inevitables. Aquella mañana, una vez despierto y dispuesto a vestirme en el piso alto, en mi habitacioncita, sentí que el corazón me latía con fuerza y tuve que imponerme a mí mismo para fingir indiferencia, pero al entrar en las habitaciones del príncipe, volví a sentir todavía la misma turbación: aquella mañana debería llegar la persona, la mujer de la que yo aguardaba la explicación de todo lo que me atormentaba. Era la hija del príncipe, la generala Akhmakova, aquella viuda joven de la que ya he hablado y que estaba en guerra abierta con Versilov. ¡He escrito ese nombre por fin! Naturalmente yo no la había visto nunca y no podía figurarme cómo le hablaría ni si le hablaría; pero me parecía (quizá con razones suficientes) que con su venida se disiparían las tinieblas que, a mis ojos, rodeaban a Versilov. No podía estar tranquilo: era un terrible fracaso encontrarse desde el primer momento tan cobarde y tan torpe; era terriblemente curioso y sobre todo odioso: tres impresiones a la vez. Aquel día lo recuerdo con todo detalle. Mi príncipe no sabía nada aún de la llegada probable de su hija. No la aguardaba antes de una semana. Yo me había enterado la víspera y totalmente por azar: Tatiana Pavlovna, que había recibido una carta de la generala, había dejado escapar su secreto delante de mí, hablando con mi madre. En vano se habían esforzado en hablar en voz baja y con términos vagos; yo lo había adivinado todo. No es que estuviese escuchando, eso es evidente; pero no pude menos que poner el oído alerta cuando vi de repente hasta qué punto mi madre se turbaba al enterarse de la llegada próxima de aquella mujer. Versilov no estaba en casa. Yo no quería avisar al anciano, porque había podido notar durante todo aquel tiempo cómo temía él aquella llegada. E incluso, tres días antes, se había dejado decir, tímida y vagamente, que aquella llegada la temía por mí, o más bien que por mi causa habría una discusión. Debo añadir sin embargo que, con respecto a su familia, conservaba su independencia y su superioridad, sobre todo en asuntos de dinero. Mi primera conclusión respecto a él fue que no era más que una mujercilla; pero en seguida tuve que enmendar aquel juicio en el sentido de que, si era una mujercilla, le quedaba sin embargo a veces una cierta terquedad, a falta de virilidad verdadera. Había instantes en los que, con su carácter en apariencia cobarde y maleable, se ponía casi insufrible. Versilov me explicó la cosa en seguida más detalladamente. Anoto ahora con curiosidad que casi nunca hablábamos de la generala, por así decirlo evitábamos hablar de ella: era yo sobre todo quien lo evitaba, y él a su vez evitaba hablar de Versilov, y yo adivinaba que no me respondería en caso de hacerle una de esas preguntas delicadas sobre cosas que me intrigaban tanto. Si se quiere saber de qué hablamos durante todo aquel mes, responderé: en resumen, de todo, pero siempre de cosas raras. Lo que me agradaba mucho era la extrema bonachonería con la que me trataba. A veces yo consideraba a aquel hombre con un asombro extremado y me preguntaba: «¿Dónde ha podido encajar bien? En el Instituto, en el cuarto curso por ejemplo, habría sido un camarada encantador.» Yo estaba también impresionado por su rostro: parecía extraordinariamente serio (y casi guapo), seco; cabellos rizados, blancos, espesos, ojos abiertos; en toda su persona era enjuto, de buena estatura; pero su rostro tenía la particularidad más bien desagradable, casi inconveniente, de pasar de pronto de una seriedad extrema a una alegría excesiva, que el que le veía por primera vez no habría podido prever jamás. Se lo dije a Versilov, que me escuchó con curiosidad; sin duda no me creía capaz de hacer tales observaciones; pero indicó como de paso que eso le acontecía al príncipe desde su enfermedad y en la época más reciente. Con frecuencia hablábamos de dos temas abstractos: Dios y su existencia —¿existe o no?— y de las mujeres. El príncipe era muy religioso y muy sensible. Tenía en su despacho un inmenso armario de iconos con una lámpara. Pero en ciertos momentos le asaltaba la murria y se ponía de golpe y porrazo a dudar de la existencia de Dios, y decía cosas sorprendentes, para provocar mi réplica. Yo era bastante indiferente, de una manera general, a aquella idea, pero esto no impedía que nos enzarzásemos los dos y siempre sinceramente. Por lo demás, todas aquellas conversaciones me han dejado, hasta hoy día, un recuerdo agradable. Sin embargo, lo más agradable para él era charlar sobre las mujeres, y como, no gustándome apenas ese tema de conversación, yo no podía ser un buen interlocutor, a veces se mostraba dolido por eso. Se puso justamente a hablar de ese tema desde el momento en que llegué a su casa aquella mañana. Me lo encontré de muy buen humor, siendo así que la víspera lo había dejado extremadamente cariacontecido. Ahora bien, me hacía una falta enorme resolver aquel mismo día la cuestión de mi salario, antes de la llegada de ciertas personas. Yo preveía que aquel día seríamos seguramente interrumpidos (no en vano me latía tan fuertemente el corazón); y entonces no tendría quizá valor para hablar de dinero. Pero como la conversación no recaía sobre el dinero, me enfurecí naturalmente contra mi estupidez y, me acuerdo muy bien de ello, por reacción contra alguna pregunta suya verdaderamente demasiado alegre, le expuse mis ideas sobre las mujeres de un solo tirón y con una vivacidad extraordinaria. Resultó así que se desbocó todavía más y siempre a mi costa. III ... No me gustan las mujeres, porque son groseras, porque son torpes, porque no tienen iniciativa y porque llevan un vestido absurdo. Tal fue la conclusión desordenada de mi larga parrafada. —¡Piedad para ellas, querido mío! —exclamó él, terriblemente divertido, lo que me enfureció aún más. Soy conciliador y minucioso solamente en las cosas pequeñas; en las grandes no cedo jamás. En las cosas pequeñas, en vagas actitudes mundanas, se puede hacer de mí todo lo que se quiera, y maldigo siempre ese rasgo de mi carácter. Por no sé qué infecta bonachonería, he estado a veces dispuesto a aprobar incluso a un fatuo mundano, únicamente porque me sentía encantado por su cortesía, o a emprender una discusión con un imbécil, cosa que es de lo más imperdonable. Todo eso a causa de no saberme contener y porque he crecido en mi rincón. Uno se va furioso y jura no volver a empezar, pero al día siguiente es la misma historia. He ahí por qué se me ha tratado a veces como a un chiquillo de dieciséis años. Pero en lugar de adquirir el dominio de mí mismo, prefiero, aun hoy día, encerrarme más y más en mi rincón, aunque sea en la forma más misántropa: «¡Torpe si queréis, pero os digo adiós!» Y lo digo en serio y para siempre. Por lo demás, no escribo esto en absoluto a propósito del príncipe, ni a propósito de la conversación de marras. —No estoy hablando para divertirle a usted —casi le grité—. Expreso sencillamente mi opinión. —Pero ¿en qué son groseras las mujeres y por qué están vestidas de una manera absurda? Eso es lo que me parece nuevo. —Son groseras. Vaya usted al teatro, vaya al paseo. Todos los hombres saben caminar por la derecha, se llega a un cruce y se cede el paso, yo cojo por la derecha y el otro también. La mujer, quiero decir la señora, porque estoy hablando de las señoras, arremete contra uno sin mirarlo siquiera, como si estuviésemos obligados a desviarnos para cederles el sitio. Yo estoy dispuesto a ceder ante una criatura más débil, pero aquí no es cuestión de derecho. ¿Por qué está ella tan segura de que estoy obligado a hacerlo? ¡He ahí lo indignante! En esos encuentros escupo siempre de disgusto. Después de lo cual, ellas gritan que se las humilla, reclaman la igualdad. ¡La igualdad! ¡Cuando me empujan o me llenan la boca de polvo! —¡De polvo! —Sí. Porque van vestidas de una manera inconveniente. Hay que ser tan depravado para no notarlo. En los tribunales se hacen los juicios a puerta cerrada cuando se va a tratar de cosas inconvenientes: ¿por qué se permiten esas cosas en la calle, donde el público es aún más numeroso? —Se cuelgan ostensiblemente polisones en el trasero, para demostrar que son mujeres guapas. ¡Ostensiblemente! Yo no puedo dejar de notarlo, los muchachos lo notan también, el niño, el jovencito que empieza, también lo nota. Es una infamia. ¡Que los viejos libertinos las admiren y corran detrás con la lengua afuera, ¡sea!, pero hay una juventud pura, a la que es preciso preservar. No queda más que escupir de disgusto. Va andando por el bulevar y detrás de ella una cola de un metro barre el polvo. Usted, que va detrás, tiene que salir corriendo para rebasarla o bien dar un salto de costadillo, de lo contrario ella le meterá en la boca y en la nariz dos kilos de polvo. A más de eso, esa seda, la pasea ella sobre los guijarros durante tres kilómetros, simplemente para obedecer a la moda, y su marido gana quinientos rublos por año en el Senado: ¡he ahí de donde vienen todos los tiestos! Yo escupo encima, escupo ruidosamente y suelto un juramento. Anoto esta conversación de manera un poco humorística y con mi vivacidad de entonces; pero las ideas siguen siendo aún las mías. —¿Y no te ha pasado nada? —se interesa el príncipe. —Escupo y paso. Naturalmente, ella comprende, pero no lo deja entrever, avanza majestuosamente sin volver la cabeza. Una sola vez he disputado muy en serio con dos mujeres, las dos con cola, en el bulevar, sin palabras feas, desde luego, solamente he hecho la observación en voz alta de que aquellas colas me ofendían. —¿Así lo dijiste? —Desde luego. Ante todo, ese tipo de mujer traspasa las reglas de la buena sociedad. Además levanta polvo, y el bulevar es para todo el mundo: yo me paseo por él, otro se pasea, un tercero... Fedor, Iván, poco importa. Eso es lo que dije. Y por lo general no me gusta el andar de las mujeres, vistas de espalda; lo he dicho también, pero por alusión. —Pero, amigo mío, puedes buscarte un lío desagradable. Podrían llevarte ante el juez de paz. —¡Imposible! ¿De qué podían ellas quejarse? Un hombre pasa a su lado y va hablando solo. Cada cual tiene derecho a expresar sus opiniones en voz alta. Yo hablaba en abstracto, sin dirigirme a ellas. Son ellas las que me han atacado: ellas se han puesto a decir palabras gruesas mucho más feas que las mías; que yo era un vago, que debían dejarme sin postre, que era un nihilista, que se me debía llevar al calabozo municipal, que las había insultado porque eran solas y débiles y que, si hubiesen tenido un hombre con ellas, me habría escapado aprisa y corriendo. Declaré fríamente que sería mejor que me dejasen tranquilo y yo pasaría por el otro lado. Pero, para demostrarles que no tenía miedo de sus maridos y que estaba dispuesto a aceptar el desafío, las seguiría a veinte pasos hasta sus casas, luego me apostaría delante de su puerta y aguardaría allí a sus maridos. Eso es lo que hice. —¿Es posible? —Desde luego. Era una tontería, pero yo estaba rabioso. Ellas me arrastraron así más de tres kilómetros, con un calor tórrido, hasta los Institutos de señoritas. En seguida entraron en una casa de madera sin pisos, muy decorosa, tengo que reconocerlo, en las ventanas de la cual se veían muchas flores, dos canarios, tres perritos y grabados puestos en sus marcos. Me quedé una media hora delante de la casa, en plena calle. Ellas miraron tres veces a hurtadillas, luego bajaron todas las persianas. Por fin, por una puertecita salió un funcionario de edad madura. A juzgar por su aspecto, debía de estar durmiendo y lo habían despertado a propósito; estaba con ropa de dormir o, por lo menos, vestido muy sumariamente; se apostó ante la puertecilla, con las manos detrás de la espalda, y se dedicó a mirarme; yo le miraba. Luego él apartó la vista, me miró después una vez más, y de pronto me sonrió. Volví la espalda y me fui. —¡Pero, amigo mío, eso es Schiller! Una cosa me ha asombrado siempre: tienes las mejillas rojas, la cara te brilla de salud, y... semejante..., sí, se le puede llamar así, ¡semejante repugnancia hacia las mujeres! ¿Es posible que la mujer no te produzca, a tu edad, una cierta impresión? Yo, mon cher, yo no tenía más que once años cuando mi preceptor me hacía observar que miraba demasiado de cerca las estatuas del Jardín de Verano. —Está usted empeñado en que haga una visita a cualquier Josefina de esos parajes y le traiga luego noticias. ¡Es inútil! A los trece años he visto la desnudez femenina, toda por entero. Desde aquel momento no tengo más que repugnancia por ella. —¿En serio? Pero, cher enfant, una mujer hermosa y joven es como una manzana. ¿Qué hay en eso de repugnante? —En mi antigua pensión, en casa de Tuchard, antes del Instituto, yo tenía un camarada llamado Lambert. Me pegaba siempre, porque tenía tres años más que yo, y yo le servía y le sacaba las botas. El día de su confirmación, el abate Rigaud vino a visitarlo con motivo de su primera comunión; los dos se lanzaron al cuello el uno del otro con grandes llantos y el sacerdote lo estrechó contra su pecho con toda clase de gestos. Yo lloraba también, y sentía muchos celos. Cuando su padre murió, salió de la pensión, estuve sin verle más de dos años, y luego me lo encontré en la calle. Dijo que me vendría a ver. Yo estaba entonces en el Instituto y vivía en casa de Nicolás Semenovitch. Vino una mañana, me enseñó quinientos rublos y me invitó a seguirle. Por más que dos años antes me pegara, siempre había tenido necesidad de mí, y no solamente para quitarse las botas; me contaba todos sus asuntos. Me dijo que aquel mismo día había robado el dinero a su madre, haciendo un duplicado de la llave de su cofrecito, porque el dinero del padre le pertenecía legalmente y ella no tenía derecho a negárselo; que el abate Rigaud había venido la víspera por la noche a sermonearlo: había entrado, se había colocado delante de él y se había puesto a gimotear, fingiendo horror y levantando los brazos al cielo: «yo saqué mi navaja y dije que iba a degollarlo» (pronunciaba degoyallo). Nos fuimos juntos al Kuznetski. Me contó por el camino que su madre tenía relaciones con el abate Rigaud, que él se había dado cuenta, que se ciscaba en todo, que todo lo que decían de la comunión eran tonterías. Habló todavía muchísimo más, y a mí me daba miedo. En el Kuznetski compró una escopeta de dos tiempos, un morral, cartuchos, una fusta y una libra de bombones. Nos fuimos a cazar por los alrededores y por el camino nos encontramos a un pajarero con jaulas. Lambert le compró un canario. En un bosquecillo, soltó el canario, que no podía volar bien, al salir de la jaula, y le tiró, pero sin darle. Era la primera vez en su vida que tiraba, pero, desde hacía mucho tiempo ya, quería comprar una escopeta; en casa de Tuchard aquello había sido por mucho tiempo el sueño de nosotros dos. Estaba como ahogado por la emoción. Sus cabellos eran de un negro espantoso, la cara blanca y roja, como una máscara, la nariz larga y corva como la tienen los franceses, los dientes blancos, los ojos negros. Ató al canario con un hilo a una rama y, con los dos cañones, a boca de jarro, a cuatro centímetros de distancia, soltó dos disparos que lo destrozaron en mil plumitas. En seguida deshicimos el camino, entramos en un hotel, tomamos una habitación, comimos, y bebimos champaña. Llegó una señora... me acuerdo que me quedé muy impresionado por el lujo de su indumentaria, su vestido de seda verde. Allí fue donde vi todo... eso de lo que le he hablado a usted... En seguida nos pusimos otra vez a beber y a enfadarla y a injuriarla. Estaba desnuda. Él escondió la ropa y, cuando ella se enfadó y reclamó la ropa para vestirse, le dio con toda su fuerza un fustazo en las espaldas desnudas. Me levanté, le cogí por los cabellos y le golpeé tan diestramente que, al primer golpe, cayó en tierra. Se apoderó de un tenedor y me lo clavó en el muslo. A mis gritos, la gente acudió, y pude huir. Desde entonces la desnudez me causa horror. Y, créalo usted, era una belleza. A medida que yo hablaba veía como la fisonomía del príncipe pasaba del regocijo a la tristeza. —Mon pauvre enfant! Siempre he estado convencido de que tu infancia ha conocido muchos días desgraciados. —No se inquiete usted por mí, se lo ruego. —Pero estabas solo, tú mismo me lo has dicho. En cuanto a ese Lambert, me has hecho un retrato de él...: ese canario, esa confirmación con llanto sobre el pecho, y seguidamente, un año después, esa historia de su madre con el abate... O mon cher! Esta cuestión de la infancia es sencillamente terrible en nuestra época: mientras esas cabecitas doradas, con sus bucles y su inocencia, en su primera infancia, evolucionan delante de uno, mirándolo, con sus risas claras y sus ojos luminosos, se creería estar viendo ángeles del buen Dios o pajarillos encantadores; pero más tarde... ¡más tarde sucede que mejor habrían hecho no creciendo! —¡Oh, príncipe, he aquí que se desanima usted! Se diría en realidad que tiene usted hijos. Sin embargo, no los tiene ni los tendrá nunca. —Tiens! —y todo su rostro cambió de pronto—. Justamente Alexandra Petrovna, anteayer, ¡ja, ja! Alexandra Petrovna Sinitskaia, tú debes de haberla encontrado aquí hace tres semanas, figúrate que anteayer, a mi observación burlona de que, si yo me casaba ahora, podría estar seguro por lo menos de no tener hijos, me replicó súbitamente, casi con una especie de rabia: «Al contrario, usted los tendrá, la gente como usted es la que los tiene obligatoriamente, y vendrán dentro del primer año, ya lo verá.» ¡Ja, ja! Todo el mundo se figura, no sé por qué, que voy a casarme. En fin, aunque esto se diga con malignidad, confiesa que es ingenioso. —Ingenioso, pero ofensivo. —Oh, cher enfant, hay gente con la que no se puede uno ofender. Lo que aprecio más en la gente es el ingenio, que por lo visto está en vías de desaparecer. Pero, ¿es que hay que echar cuenta de lo que pueda decir Alexandra Petrovna? —¿Cómo, que ha dicho usted? Hay gente con la que no se puede... ¡Está muy bien eso! No todo hombre merece que se le preste atención. ¡Regla admirable! Justamente es una regla así la que yo necesito. Voy a anotarla. Príncipe, de vez en cuando dice usted cosas maravillosas. Todo su rostro se iluminó. —N’est-ce pas? Cher enfant, el verdadero ingenio desaparece, y cada día más. Eh mais... C’est moi qui connais les femmes. Créeme, la vida de toda mujer, cualesquiera que sean sus palabras, no es más que la búsqueda eterna de un amo... Una sed de obediencia, por decirlo así. Y, nótalo bien, sin la menor excepción. —¡Absolutamente justo, admirable! —exclamé yo, entusiasmado. En otro momento cualquiera, nos habríamos lanzado inmediatamente a consideraciones filosóficas sobre este tema, a lo menos durante una hora larga, pero de repente me sentí como mordido y me ruboricé hasta la raíz de los cabellos. Me pareció que, alabando sus frases brillantes, yo lo halagaba por su dinero y que, de todos modos, se quedaría persuadido de aquello cuando le formulase mi petición. Por eso menciono el hecho aquí. —Príncipe, le quedaría muy reconocido si me hiciera entregar hoy mismo los cincuenta rublos que me debe de este mes —dije de una tirada y con una irritación que rozaba la grosería. Me acuerdo (porque se me ha quedado impresa en la memoria toda aquella mañana hasta en sus menores detalles) que entonces se produjo entre nosotros una escena odiosa, por su realismo. Al principio, no me comprendió, me miró largo rato, sin llegar a entender de qué dinero quería yo hablarle. Era evidente que ni siquiera tenía la más mínima idea de que yo percibiese un salario. ¿Y por qué, por otra parte? Es cierto que en seguida me aseguró que se había olvidado y que, inmediatamente después de haber comprendido, sacó instantáneamente cincuenta rublos, apresurándose e incluso poniéndose colorado. Viendo aquello, me levanté y declaré categóricamente que ahora ya no podía yo aceptar dinero alguno, que si se me había hablado de un sueldo, era sin duda error o engaño, para que yo no me negase a aceptar el puesto, y que yo comprendía ahora demasiado bien que no tenía nada que percibir, puesto que nada tenía que hacer. El príncipe se asustó y se esforzó en persuadirme de que yo le prestaba servicios inmensos, que se los prestaría todavía más y que cincuenta rublos eran una suma tan ínfima, que, por el contrario, me la aumentaría, porque era deber suyo, y que él mismo se había puesto de acuerdo con Tatiana Pavlovna, pero que había cometido «un olvido imperdonable». Estallé y declaré definitivamente que me deshonraría percibiendo dinero por relatos escandalosos sobre la manera como había acompañado a dos suripantas hasta los Institutos, que yo no estaba a su servicio para divertirle, sino para trabajar en serio, que, si él no tenía trabajo, era preciso poner punto final, etc., etc. Yo no tenía la menor idea de que uno pudiese asustarse tanto como él se asustó después de aquellas palabras. Evidentemente, el asunto terminó de esta forma: dejé de protestar, y él me metió entre las manos, a pesar de todo, aquellos cincuenta rublos. ¡Todavía me acuerdo con la frente llena de vergüenza habérselos aceptado! En este mundo todo termina con alguna bajeza. Y, lo que es peor, casi llegó a demostrarme que yo había ganado indiscutiblemente aquel dinero, y cometí la estupidez de creerlo. Me parecía absolutamente imposible no tomarlos. —Cher, cher enfant! —exclamaba abrazándome y cubriéndome de besos (lo confieso, yo estaba a punto de llorar, el diablo sabe por qué, pero me contuve e incluso hoy día, al escribir, el rubor me sube a la cara)—. Querido amigo, tú eres para mí casi un hijo, tú te has convertido durante este mes en un pedazo de mi corazón. En el «gran mundo» no hay más que el «gran mundo» y nada más. Catalina Nicolaievna —su hija— es una mujer brillante y estoy orgulloso de ella, pero con mucha frecuencia, querido mío, ella me hiere... En cuanto a esas muchachas (elles sont charmantes) y a sus madres, que vienen a felicitarme en mi onomástica, se traen consigo sus labores y son incapaces de decir una palabra. Tengo ya, hechos por ellas, docenas de cojines, siempre con perros y ciervos. Las quiero mucho, pero contigo me siento casi como con un hijo, o, mejor, con un hermano y me gusta sobre todo cuando me replicas... Tú tienes letras, tú has leído, tú eres capaz de entusiasmo... —No he leído nada y no tengo letras en absoluto. He leído todo lo que me ha caído en las manos, y estos dos últimos años no he leído nada de nada y nunca leeré ya. —¿Y por qué eso? —Mis propósitos son otros. —Cher..., será una lástima si, al fin de tu vida, te dices como yo: Je sais tout, mais je ne sais rien de bon. ¡No sé verdaderamente para qué he vivido! Pero... te debo tanto... quería incluso... Se interrumpió de repente, se ensombreció, y se quedó pensativo. Después de cualquier arrebato (y esos arrebatos podían ocurrirle en cualquier instante, Dios sabe por qué motivo), solía perder durante cierto tiempo la facultad de razonar y de comportarse; por lo demás, se recuperaba tan rápidamente y de una manera tan total, que todo aquello no le causaba demasiado daño. Nos quedamos así por espacio de un minuto. Su labio inferior, muy ancho, le colgaba completamente... Lo que más me asombraba, era que hubiese nombrado a su hija, y sobre todo con tanta franqueza. Se lo atribuía al desarreglo de su espíritu. —Cher enfant, no me tomarás a mal, ¿verdad?, que te hable de tú —soltó de improviso. —En lo más mínimo. Al principio, las primeras veces, lo confieso, la cosa me chocó un poco y quería hablarle a usted también de tú. Pero después he visto que era una tontería, puesto que usted no me tuteaba para humillarme. Ya no me escuchaba y había olvidado su pregunta. —Bueno, ¿y tu padre? Bruscamente alzó hacia mí su mirada pensativa. Me estremecí. Por lo pronto, llamaba a Versilov mi padre, cosa que no se permitía hacer jamás conmigo; además, era él el primero que había hablado de Versilov, lo que no ocurría nunca. —¡Está sin dinero y se lo llevan los diablos! —respondí secamente, pero ardiendo de curiosidad. —Sí, sin dinero. Hoy precisamente va su asunto al tribunal de apelación, y estoy esperando el príncipe Sergio para ver qué me dice. Me ha prometido que vendrá directamente desde el tribunal aquí. Hoy se decide el destino de todos ellos: se trata de sesenta mil o de ochenta mil. Evidentemente, yo siempre le he tenido simpatía a Andrés Petrovitch (es decir, a Versilov), y creo que será él quien ganará, pero los príncipes se quedarán sin nada. ¡Es la ley! —¿Hoy? —exclamé estupefacto. La idea de que Versilov ni siquiera se había dignado comunicarme esta noticia me llenaba de estupor. «Entonces no ha dicho nada a mi madre, ni a nadie quizá —pensé yo al punto—. ¡Vaya un carácter!» —¿Y el príncipe Sokolski está en Petersburgo? —De golpe y porrazo se me había ocurrido una idea muy distinta. —Desde ayer. Ha venido directamente de Berlín, especialmente para este día. Otra noticia de extrema importancia para mí. «Y vendrá hoy, el mismo individuo que le dio a él una bofetada.» —Bueno —la fisonomía del príncipe cambió súbitamente—, continuará predicando, y sin duda... cortejará a las jóvenes, a las muchachitas sin experiencia. ¡Ja, ja! A propósito de esto, tengo una anécdota muy divertida... ¡Ja, ja! —¿Quién predica? ¿Quién corteja a las muchachas? —¡Andrés Petrovitch! ¿Podrás creerlo? Entonces estaba pendiente de todos nosotros: ¿qué comemos?, ¿en qué pensamos? O cosas por el estilo. Nos llegaba a dar miedo: «Si sois religiosos, ¿por qué no entráis en el convento?» ¡Ni más ni menos! Mais quelle idée! Quizá tenía razón, pero ¿no era algo demasiado riguroso? A mí sobre todo, a mí era cosa que le encantaba asustarme con el juicio final. —Yo no he notado nada de esa índole, y, sin embargo, hace ya un mes que estamos viviendo juntos —respondí con impaciencia. Estaba muy molesto al ver que no se recuperaba del todo y que balbuceaba sin orden ni concierto. —Entonces es que ahora ya no lo dice, pero, créelo, es completamente cierto. Es un hombre espiritual, indudablemente, y de una ciencia profunda; pero ¿tiene la cabeza en su sitio? Todo eso le ha pasado después de sus tres años de estancia en el extranjero. Y lo confieso, me sentí trastornado... como todo el mundo, por otra parte... Cher enfant, j’aime le bon Dieu... yo creo, creo todo lo que me es posible creer, pero en aquellos momentos... me hizo salir de mis casillas. Admitamos que empleé un procedimiento poco caballeresco, pero lo hice adrede, por despecho, y por lo demás, en el fondo, mi objeción era tan seria como lo ha sido siempre desde el principio del mundo: «Si existe un Ser Supremo, le decía yo, y si existe personalmente, y no bajo la forma de un espíritu repartido a través de la creación, bajo la forma de un líquido por ejemplo (porque entonces es todavía más difícil de comprender), ¿dónde reside, pues? Amigo mío, c’était bête, sin duda alguna, pero ¿es que todas las objeciones no vienen a desembocar ahí? Un domicile, es una cosa grave. Se enfadó terriblemente. Era que allá abajo se había convertido al catolicismo. —También yo lo he oído decir. Seguramente es una mentira. —Te lo garantizo, por lo que haya de más sagrado. Obsérvalo bien... Por lo demás, tú mismo dices que ha cambiado. Pues bien, en el momento que nos atormentaba tanto, ¿podrás creerlo?, se daba aires de santo, ¡no le faltaban más que los milagros! Nos pedía cuentas de nuestra conducta, ¡te lo juro! ¡Milagros! En voilà une autre! Todo lo monje o ermitaño que quieras, pero el caso es que se paseaba con traje de paisano y todo lo demás... ¡y después de eso, milagros! Extraño deseo para un hombre de mundo y, lo confieso, un gusto raro. No digo... desde luego, son cosas sagradas, y todo puede suceder... Además, todo eso, es de l’inconnu, pero para un hombre de mundo es incluso una inconveniencia. Si la cosa me sucediera a mí, o si se me ofreciera, yo rehusaría, lo juro. Supongamos por ejemplo que ceno hoy en el círculo, que en seguida, de golpe y porrazo, he aquí que me pongo a hacer milagros. ¡Se reirían de mí! Es lo que le dije entonces... Llevaba cadenas. Enrojecí de cólera. —¿Las vio usted esas cadenas? —No es que las viera, pero... —Entonces, se lo digo a usted, son mentiras, no es más que un amasijo de viles comadreos, una calumnia de enemigos, o más bien de un enemigo, principal e inhumano, puesto que él no tiene más que un enemigo, ¡y es su hija de usted! El príncipe estalló a su vez. —Mon cher, te lo ruego, e insisto en ello, te encarezco que, a partir de hoy, el nombre de mi hija no se pronuncie jamás delante de mí a propósito de esa historia infame. Hice ademán de levantarme. Él estaba fuera de sí; le temblaba la barbilla. —Cette histoire infâme!... Yo no me la creía, no he querido jamás creer en eso... Pero... me lo han dicho: créeme, créeme, yo... En aquel momento entró un criado y anunció una visita. Me volví a sentar. IV Entraron dos señoras, o más bien dos muchachas. Una era la nieta de un primo hermano de la difunta mujer del príncipe, o algo por el estilo, protegida suya, a la cual le había otorgado ya una dote y que (lo anoto para el porvenir) tenía ya fortuna; la segunda era Ana Andreievna Versilova, hija de Versilov, tres años mayor que yo y que vivía con su hermano en casa de los Fanariotov, no habiéndola yo visto hasta ahora más que una sola vez, de paso, en la calle, aunque, por otra parte, tuve unas palabras, también de paso, en Moscú, con su hermano (es muy posible que más adelante mencione esta escaramuza, si tengo ocasión, porque en el fondo no vale la pena). Esta Ana Andreievna había sido desde su infancia la gran favorita del príncipe (las relaciones de Versilov con el príncipe se habían iniciado hacía muchísimo tiempo). Yo estaba tan turbado por lo que acababa de suceder, que, a su entrada, ni siquiera me levanté, aunque el príncipe se hubiese levantado para acogerlas; después pensé que ya sería vergonzoso levantarse, y me quedé en mi sitio. Sobre todo estaba desorientado por el hecho de que el príncipe me hubiese gritado tres minutos antes, y seguía sin saber si debía irme o no. Pero mi buen viejo lo había olvidado ya todo, como era su costumbre, y se animó del todo, muy agradablemente, al ver a las jóvenes. Incluso se las arregló, con una fisonomía cambiada rápidamente y un guiño de ojos misterioso, para susurrarme a toda prisa, justo un segundo antes de que entraran: —Observa bien a Olimpia, mírala atentamente, muy atentamente... ya te contaré luego... La miré con bastante atención y no le encontré nada de particular: una muchacha de una estatura media, fuerte, con mejillas extraordinariamente rojas. Un rostro por lo demás bastante agradable, de los que agradan a los materialistas. Quizás una expresión de bondad, pero con sus reservas. No sería precisamente por su inteligencia por lo que podría brillar, por lo menos en el sentido superior de la palabra, puesto que en sus ojos se leía la astucia. No más de diecinueve años. En una palabra, nada digno de atención. En el Instituto habríamos dicho: una pavita. (Si la describo de manera tan detallada, es únicamente porque esto me servirá más tarde.) Por lo demás, todo lo que he descrito hasta aquí, con tantos detalles en apariencia inútiles, todo eso prepara la continuación y será necesario más adelante. Todo se volverá a encontrar en su debido momento; no he encontrado medio de evitarlo; si resulto aburrido, no me leáis. La hija de Versilov era una persona completamente distinta. Alta, incluso un poco delgada; un rostro ovalado y notablemente pálido, aero cabellos negros y abundantes; ojos sombríos y grandes, la mirada profunda; labios pequeños y bermejos, una boca fresca. La primera mujer cuyos andares no me inspiraban repugnancia; por lo demás era fina y un poco seca. Una expresión que no era del todo bondadosa, pero seria; veintidós años. Casi ningún parecido exterior con Versilov, y sin embargo, no sé por qué milagro, un parecido extraordinario en la expresión, en la fisonomía. No sé si era bonita; eso es cuestión de gusto. Las dos iban vestidas muy modestamente: nada que describir. Yo contaba ser ofendido inmediatamente por alguna mirada o algún gesto de Versilova, y estaba preparado; desde luego había sido bien ofendido por su hermano, en Moscú, en el primer encuentro que tuvimos en la vida. Ella no podía conocerme de vista, pero desde luego había oído decir que estaba en casa del príncipe. Todo lo que proyectaba o hacía el príncipe suscitaba inmediato interés y parecía un acontecimiento en toda aquella banda de parientes y de «postulantes»: con mucha más razón el apasionamiento súbito que había concebido por mí. En compensación, yo sabía que el príncipe se interesaba muchísimo por la suerte de Ana Andreievna y le buscaba un novio. Pero encontrar ese novio era más difícil para Versilova que para las que se dedicaban a hacer labores. Ahora bien, contra toda previsión, Versilova, después de haber estrechado la mano del príncipe y cambiado con él algunos festivos cumplidos mundanos, me miró con una curiosidad extrema, y, viendo que yo la miraba también, se inclinó bruscamente con una sonrisa. En suma, acababa de entrar y se inclinaba como la que ha llegado la última, pero aquella sonrisa era tan bondadosa, que, indudablemente, era algo querido a propósito. Me acuerdo de eso; experimenté una sensación asombrosamente agradable. —Y aquí... aquí, es mi joven y querido amigo Arcadio Andreievitch Dol... —balbuceó el príncipe notando que ella no había saludado, y que yo seguía sentado. De repente se interrumpió: quizá se sintió confuso al presentarme a ella (es decir, al presentar el hermano a la hermana). La pavita me saludó también; pero súbitamente y de una manera muy estúpida estallé y salté de mi asiento: un arrebato de orgullo ficticio, absolutamente insensato; ¡siempre mi amor propio! —Dispense, príncipe, no soy Arcadio Andreievitch, sino Arcadio Makarovitch —corté violentamente, olvidando por completo que era preciso responder a la señora con un saludo. ¡Al diablo aquella minucia incongruente! —Mais... tiens! —exclamaba ya el príncipe, dándose con la mano en la frente. —¿Dónde ha hecho usted sus estudios? —resonó en mis oídos la pregunta un poco tonta y lánguida de la pavita que se había acercado muchísimo. —En Moscú, en el Instituto. —Ah, ya me lo habían dicho. Bueno, ¿y enseñan bien allí? —Muy bien. Yo seguía estando de pie, y respondía como un soldado a su jefe. Las preguntas de aquella muchacha no denotaban ciertamente mucha imaginación, pero no por eso había dejado de encontrar algo con lo que hacer olvidar mi absurda salida de tono y calmar la turbación del príncipe, que escuchaba ya con una sonrisa gozosa las cosas alegres que le cuchicheaba al oído Versilova; se veía que no estaban hablando de mí. Pero ¿por qué aquella muchacha, que me era absolutamente desconocida, había juzgado necesario hacer olvidar mi absurda salida de tono y todo lo demás? Sin embargo, era imposible admitir que se condujera así conmigo sin razón: ella tenía una intención determinada. Me examinaba con demasiada curiosidad; se hubiera dicho que deseaba que yo también por mi parte la observase lo más posible. Todo aquello me lo dije a mí mismo inmediatamente... y no me equivoqué. —¿Cómo, hoy? —exclamó de repente el príncipe, saltando de su asiento. —¿No lo sabía usted entonces? —se asombró Versilova—. ¡Olympe!, el príncipe no sabía que Catalina Nicolaievna llega hoy. Hemos ido a casa de ella, pensábamos que había cogido el tren de la mañana y que estaba en casa desde hacía mucho tiempo. Pero acabamos de encontrárnosla en el zaguán; llegaba directamente de la estación y nos ha dicho que entremos a verle a usted; ella también va a venir de un momento a otro... ¡por lo demás, hela aquí! La puerta lateral se abrió y ¡apareció aquella mujer! Yo la conocía ya de cara, por un retrato sorprendente colgado en el despacho del príncipe; me había estudiado aquel retrato a lo largo de todo el mes. Frente a ella pasé en aquel despacho tres minutos, sin apartar los ojos de su rostro ni un solo segundo. Pues bien, si yo no hubiese conocido el retrato y si me hubiesen preguntado después de aquellos tres minutos: «¿Cómo la encuentra usted?», no habría respondido nada, porque veía turbio. Me ha quedado de esos tres minutos el recuerdo de una mujer verdaderamente hermosa, a la que el príncipe abrazaba y bendecía con la mano y que de repente dirigió una mirada rápida —completamente de improviso, entrada apenas— hacia mí. Distinguí claramente que el príncipe, sin duda señalándome, musitaba algo, con una risita, a propósito de su nuevo secretario y pronunciaba mi nombre. Ella hizo una mueca, me lanzó una mirada desagradable y sonrió tan insolentemente, que di un paso, me aproximé al príncipe y balbuceé, temblando locamente, sin acabar una sola palabra, y, a lo que creo, rechinando los dientes: —Así pues, yo... yo tengo ahora que hacer... me voy. Volví la espalda y salí. Nadie me dijo una palabra, ni siquiera el príncipe; todos se limitaban a mirar. El príncipe me contó luego que yo estaba tan pálido, que él «había tenido miedo». ¡No había por qué! CAPÍTULO III I No había por qué tener miedo: una consideración superior absorbía todos los detalles, un sentimiento potente compensaba para mí todo el resto. Salí sumido en una especie de entusiasmo. Al poner el pie en la calle, estaba dispuesto a echarme a cantar. Como hecha adrede, la mañana era espléndida: sol, transeúntes, ruido, movimiento, alegría, muchedumbre. ¿Cómo, es que esa mujer no me ha ofendido? ¿De quién habría yo tolerado aquella mirada y aquella sonrisa insolente sin una protesta inmediata, por tonta que fuera, poco importa, de mi parte? Y notadlo, había llegado justamente con la idea de ofenderme lo antes posible, antes de haberme visto: yo era a sus ojos «el comisionado de Versilov», y estaba persuadida ya en aquel momento, y lo ha seguido estando mucho tiempo después, de que Versilov tenía entre sus manos todo el destino de ella y tenía el medio de perderla en el momento mismo, si quisiera, gracias a un determinado documento; por lo menos ella lo sospechaba. Era un duelo a muerte. Pues bien, sin embargo yo no estaba ofendido. Había ofensa, pero yo no la sentía. ¿Qué digo?, estaba incluso contento; venido para odiar, sentía incluso que empezaba a amarla. «Me pregunto si la araña puede odiar a la mosca a la que acecha y a la que atrapa. ¡Querida mosca! Me parece que uno quiere a su víctima; por lo menos se la puede amar. De esta manera yo, por lo que a mí se refiere, amo a mi enemiga: estoy terriblemente contento de que sea tan bella. Estoy terriblemente contento, señora, de que sea usted tan arrogante y tan altiva: si fuese más modesta, tendría yo menos placer. Ha escupido usted sobre mí y yo triunfo; si me hubiese usted escupido efectivamente al rostro, quizá no me habría enfadado, porque usted es mi víctima, la mía, y no la suya. ¡Qué seductora es esta idea! No, la conciencia secreta que se tiene de su poder es infinitamente más agradable que una dominación manifiesta. Si yo fuese rico hasta el punto de tener muchos millones, creo que encontraría un gran placer llevando vestidos raídos y haciéndome pasar por el más miserable de los hombres, casi por un mendigo, haciéndome despreciar y dar de empellones: la convicción de mi riqueza me bastaría.» He aquí cómo podría traducir mis pensamientos de entonces y mi alegría y mucho de lo que sentía. Agregaré solamente que lo que acabo de escribir es más superficial: en realidad, yo era más profundo y más pudibundo. Todavía ahora, soy más pudibundo en mí mismo que en mis palabras y en mis actos. A Dios gracias. Quizá he hecho mal en ponerme a escribir: quedan dentro de mí infinitamente más cosas que lo que se trasluce en las palabras. El pensamiento de uno, por mezquino que sea, en tanto que está en uno, es siempre más profundo; una vez expresado, es siempre más ridículo y más desleal. Versilov me ha dicho que lo contrario no sucede más que en la gente malvada. Éstos no hacen más que mentir, eso les resulta fácil; en cuanto a mí, me esfuerzo en escribir toda la verdad: ¡es terriblemente difícil! II Aquel 19 hice aún otra gestión. Por primera vez desde mi llegada, me veía teniendo dinero en el bolsillo, puesto que los sesenta rublos reunidos en dos años se los había dado a mi madre, como ya he dicho más arriba; desde hacía algunos días, había decidido realizar, el día en que percibiese mi sueldo, una «experiencia» en la que pensaba desde hacía mucho tiempo. La víspera, había recortado de un periódico un anuncio de «el secretario ministerial en el consejo de los jueces de paz de San Petersburgo», etc., diciendo que «este diecinueve de septiembre, a mediodía, en el barrio de Kazán, comisaría N.º x, etc., etc., en la casa N.º x, serán vendidos los bienes muebles de la señora Lebrecht», y que «el inventario, las tasaciones de precio y los objetos que han de venderse podían ser vistos el día de la venta», etc., etc. No eran mucho más de las dos. Me dirigí a pie a la dirección indicada. Era el tercer año que no cogía nunca un coche: me había hecho el juramento a mí mismo (de otra forma no habría ahorrado jamás sesenta rublos). No iba nunca a las subastas públicas, todavía no me lo permitía a mí mismo, y mi aproximación ahora no iba a ser más que experimental. Había decidido no emprender nada de aquello más que cuando hubiese salido del Instituto, después de haber roto con todo el mundo, cuando hubiera vuelto a entrar en mi concha y estuviese completamente libre. En realidad, estaba muy lejos de estar allí, en mi concha, y lejos de estar libre; pero esta gestión había decidido hacerla únicamente a título de experiencia, para ver, casi para soñar un poco, y no volver a ello en mucho tiempo quizá, mientras no llegase el día en que me ocuparía de eso seriamente. Para los demás, no era más que una pequeña venta sin importancia; para mí, era la primera cuaderna del barco sobre el que Cristóbal Colón partió para descubrir América. He ahí cuáles eran entonces mis sentimientos. Una vez llegado, penetré en un hueco del patio del inmueble designado en el anuncio y entré en el apartamiento de la señora Lebrecht. Se componía de un recibidor y de cuatro habitaciones pequeñas y bajas. En la primera a partir de la entrada se apretujaba una multitud de una treintena de personas: la mitad eran postores; los otros, a primera vista, o curiosos o aficionados, o gente que operaba a favor de los Lebrecht; había comerciantes, judíos que acechaban los objetos dorados, y algunas personas de «buen porte». Las fisonomías de algunos de estos señores se han quedado grabadas en mi memoria. En la puerta grande y abierta de la habitación de la derecha, justamente entre los dos batientes, se había colocado una mesa, de forma que era imposible entrar en dicha habitación; allí se encontraban los objetos inventariados y destinados a ser vendidos. A la izquierda había otra habitación, pero su puerta estaba cerrada, aunque se entreabriese de vez en cuando dejando una pequeña hendidura por la que se veía mirar a alguien: sin duda un miembro de la numerosa familia de la señora Lebrecht, presa naturalmente de una gran vergüenza. Detrás de la mesa, de cara al público, se sentaba el señor secretario ministerial, revestido con sus insignias y que procedía a la subasta. Cuando llegué iban ya casi por la mitad; inmediatamente me abrí paso hasta la mesa. Estaban vendiendo candelabros de bronce. Miré. Miré y me dije en seguida: ¿qué puedo comprar aquí? ¿Y dónde depositar estos candelabros de bronce, una vez adquiridos? ¿Es así como se hacen los negocios? ¿Pueden realizarse mis cálculos? ¿No era un cálculo infantil? Yo agitaba aquellos pensamientos y aguardaba. Era poco más o menos el sentimiento que se experimenta delante de una mesa de juego en el momento en que uno no ha colocado aún su postura, pero en que se acerca ya con su carta: «Puedo poner, puedo marcharme, todo depende de mí.» El corazón no os late aún, pero comienza a fallaros, palpita ligeramente, sensación que no carece de un cierto agrado. Pero la indecisión os pesa pronto, y estáis como ciego: tendéis la mano, cogéis una carta, pero maquinalmente, casi contra vuestra voluntad. Como si vuestra mano estuviese regida por otro; por fin, heos aquí decididos, apostáis, y la sensación es completamente distinta, inmensa. No hablo de la venta, hablo de mí: ¿qué otra persona sentiría latir su corazón en una venta en pública subasta? Había gente que se acaloraba. Había otros que se callaban y acechaban. Había algunos que compraban y se arrepentían. En cuanto a mí, no sentí la menor lástima de un señor que por error, por haber oído mal, había comprado una lecherita de imitación de plata, creyéndola de plata, por cinco rublos, en lugar de dos; incluso yo mismo me divertí mucho. El comisario-subastador variaba los objetos: después de los candelabros vinieron unos zarcillos, un cojín de cuero bordado, luego un cofrecito, sin duda por conseguir mayor variedad, o bien para responder a las exigencias del público. No pude contenerme más de diez minutos, me aproximé primeramente al cojín, luego al cofrecito, pero cada una de las veces me detuve en seco en el instante decisivo: aquellos objetos me parecían verdaderamente imposibles. Por fin entre las manos del comisario apareció un álbum. —Un álbum, encuadernado en cuero rojo, usado, con dibujos en acuarela y en tinta china, en un estuche de marfil esculpido, con broches de plata: ¡dos rublos! Me adelanté: el objeto parecía exquisito, pero había un defecto en el trabajado del marfil. Fui el único que me acerqué a mirar; todo el mundo se callaba, ningún competidor. Podía deshacer los atados y sacar el álbum de su estuche para examinarlo, pero no hice uso de mi derecho e hice la señal, con una mano que temblaba: «¡Poco importa!» —¡Dos rublos, cinco copeques! —dije rechinando los dientes, creo. El álbum fue para mí. Saqué en seguida el dinero, pagué, cogí el álbum y me fui a un rincón de la estancia. Allí, lo saqué de su estuche y, febrilmente, con apresuramiento, me puse a examinarlo: con excepción del estuche, era la cosa más miserable del mundo, un álbum pequeñito, no más grande que una hoja de papel de cartas de formato pequeño, delgado, con los cantos desdorados ya, como aquellos álbumes que tenían antiguamente las jovencitas que salían de los colegios. En colores y con tinta china estaban dibujados templos sobre montañas, amorcillos, un estanque donde nadaban cisnes. Había también versos: Me voy para una larga ausencia, Abandono Moscú para siempre, A mi amor digo adiós con tristeza, A Crimea me marcho sin verte. (¡Se me han quedado en la memoria!) Deduje que había cometido una pifia; si podía existir un objeto inútil para todo el mundo, aquél desde luego lo era. «Es igual —me dije—; la primera postura se pierde siempre. Incluso eso es una señal excelente.» Estaba decididamente satisfecho. —¡Ah, llego demasiado tarde! ¿Es usted quien lo tiene? ¿Lo ha comprado usted? —resonó completamente de improviso y cerca de mí la voz de un caballero de abrigo azul, de buen porte y bien parecido. Llegaba retrasado. —¡Demasiado tarde! ¡Ah, qué desgracia! ¿Y por cuánto? —Dos rublos cinco copeques. —¡Ah! ¡Qué lástima! ¿Y no me lo cedería usted? —Salgamos —le musité al oído, latiéndome el corazón. Salimos al rellano. —Se lo cederé por diez rublos —dije, corriéndome un escalofrío por la espalda. —¡Diez rublos! Perdone, ¿qué está usted diciendo? —Como usted quiera. Me miró con los ojos abiertos de par en par; yo iba bien vestido, no me parecía en lo más mínimo a un judío o a un revendedor. —Pero, permítame, es un viejo álbum sin valor. ¿De qué puede servirle a usted? Ni siquiera el estuche vale nada. No encontrará a quien vendérselo. —Sin embargo, usted quiere comprarlo. —Pero es que yo tengo mis motivos particulares. Solamente me enteré ayer. Soy el único comprador posible. —Debería pedirle veinticinco rublos; pero como, a pesar de todo, hay el riesgo de que renuncie usted a él, le he pedido solamente diez, para mayor seguridad. No rebajaré ni un solo copeque. Volví la espalda y me fui. —¡Acepte usted cuatro rublos! —dijo alcanzándome, ya en el patio—. ¡Vamos, cinco! Continué andando sin responder. —¡Vamos, tome! —sacó diez rublos, y le entregué el álbum—. Confiese que no es una acción muy honrada. ¡De dos rublos a diez! —¿Y por qué no ha de ser honrada? ¡Es el mercado! —¿Qué mercado? —Empezaba ya a enfadarse. —Donde hay demanda, hay mercado. Si usted no lo hubiese pedido, yo no lo habría podido vender ni siquiera en cuarenta copeques. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no echarme a reír a carcajadas y conservar mi seriedad; reía interiormente, reía no de entusiasmo, sino sin saber por qué. Me ahogaba un poco. —Escúcheme —rezongué yo completamente a mi pesar, pero amistosamente y con un gran afecto hacia él—, escuche. Cuando el difunto James Rothschild de París, el que ha dejado mil setecientos millones de francos (él agachó la cabeza), en su juventud, se enteró por casualidad, unas horas antes que los demás, del asesinato del duque de Berry, se apresuró a visitar a quien le correspondía, y por eso, en un abrir y cerrar de ojos, ganó varios millones. He ahí cómo se hacen las cosas. —Entonces, ¿usted es Rothschild, usted? —me gritó indignado, como si estuviera dirigiéndose a un imbécil. Salí vivamente de la casa. ¡Una sola gestión, y siete rublos noventa y cinco copeques de ganancias! La maniobra había sido insensata, era un juego de niños, convengo en ello, pero lo cierto era que coincidía con mi idea y no podía menos que conmoverme profundamente. Por lo demás, no hay en esto sentimientos que describir. El billete de diez rublos estaba en el bolsillo de mi chaleco, hundí allí dos dedos para palparlo y caminé así sin retirar la mano. A cien pasos de la casa, cogí el billete para mirarlo, lo examiné y tuve ganas de besarlo. De repente un coche se detuvo delante de una casa; el portero abrió la puerta y una señora subió al carruaje, lujosa, joven, bella, rica, envuelta en sedas y terciopelos, con una cola de metro y medio. De pronto, un bonito portamonedas se le escapó de las manos y cayó al suelo; ella se acomodó; el criado se bajó para recoger el objeto, pero yo di un brinco, lo cogí y se lo alargué a la señora alzándome el sombrero (un bombín; iba vestido como un joven elegante, no mal del todo). La señora me dijo con discreción, pero con una sonrisa muy agradable: —Merci, caballero. El coche partió. Besé el billete de diez rublos. Aquel mismo día tenía yo que ver a Efim Zvierev, uno de mis antiguos camaradas del Instituto, que lo había abandonado para entrar en una escuela especial de Petersburgo. No vale la pena de una descripción y, en suma, yo no tenía con él ningún lazo de amistad; pero me había puesto en su búsqueda; él podía (en virtud de ciertas circunstancias que tampoco merecen ser mencionadas) proporcionarme la dirección de un tal Kraft, del que yo tenía una necesidad extrema, en el momento en que ese Kraft volviese de Vilna. Zvierev lo aguardaba justamente aquel mismo día o al otro, y me lo había hecho saber la antevíspera. Era preciso ir a Petersburgskaia storona, pero yo no sentía ningún cansancio. Encontré a Zvierev (él también tenía los diecinueve años cumplidos) en el patio de la casa de su tía, con la que vivía provisionalmente. Acababa de comer y se paseaba por el patio en zancos; me anunció de sopetón que Kraft había llegado la víspera y que había bajado a su antiguo apartamiento, también en Petersburgskaia storona, y que deseaba, él también, verme lo más pronto posible, para comunicarme inmediatamente una noticia urgente. —Se vuelve a marchar no sé dónde —agregó Zvierev. Como para mí era de una importancia capital, dadas las circunstancias, ver a Kraft, le rogué a Efim que me condujera inmediatamente a su casa, puesto que resultaba que vivía en una callejuela vecina, a dos pasos de allí. Pero Zvierev me declaró que se lo había encontrado una hora antes, cuando se dirigía a casa de Dergatchev. —¡Pero vamos allí! —me invitó—. ¿Por qué has de negarte siempre? ¿Es que tienes miedo? Efectivamente, Kraft podía demorarse en casa de Dergatchev, y entonces, ¿dónde iba a poder encontrarlo? Yo no le tenía miedo a Dergatchev, pero no tenía ganas de ir a su casa, aunque aquella fuese por lo menos la tercera vez que Efim quería arrastrarme hasta allí. Pronunciaba siempre aquel «¿tienes miedo?» con una sonrisa muy desagradable para mí. Sin embargo, no era cuestión de miedo, lo digo de antemano, y si temía algo, era una cosa muy distinta. Aquella vez resolví ir; la casa estaba también a dos pasos. Por el camino le pregunté a Efim si seguía teniendo intenciones de marcharse a América. —Quizás espere todavía —respondió con una risita. Yo no lo apreciaba mucho, en realidad no lo apreciaba en absoluto. Tenía los cabellos casi blancos, una cara redonda, demasiado blanca, blanca hasta la inconveniencia, casi infantil; era más alto que yo, pero era imposible calcularle más de diecisiete años. Con él no era posible sostener ninguna conversación. —¿Y qué pasa por allá? ¿Siempre hay tanta gente? —pregunté por decir algo. —Pero, ¿por qué has de tener siempre miedo? —dijo una vez más, echándose a reír. —¡Vete al diablo! —respondí furioso. —No hay gente en lo más mínimo. No vienen más que conocidos, ningún extraño, estáte tranquilo. —Extraños o no, ¿qué quieres tú que eso me importe? ¿Y yo, es que no soy yo un extraño en esa casa? ¿Por qué quieres que tengan confianza en mí? —Soy yo quien te lleva y eso basta. Han oído hablar de ti. Kraft también puede decir lo que piensa de ti. —Oye, ¿estará Vassine? —No sé. —Si está, empújame con el codo cuando entremos y señálamelo; en el mismo momento que entremos, ¿comprendes? Yo había oído hablar tan bien de Vassine, que hacía mucho tiempo que me interesaba por él. Dergatchev vivía en un pequeño pabellón en el patio de la casa de madera de una mujer de comerciante, pero él solo ocupaba todo aquel pabellón. Tenía tres hermosas habitaciones. Las cuatro ventanas tenían las persianas echadas. Era casi ingeniero y ocupaba un puesto en Petersburgo; incidentalmente me había enterado de que le proponían una colocación muy ventajosa en provincias y que iba a marcharse allí. Acabábamos de entrar en un minúsculo recibidor, cuando resonaron voces. Se habría dicho que era una discusión animada y alguien gritaba: «Quae medicamenta non sanat, ferrum sanat; quae ferrum non sanat, ignis sanat!» Yo estaba realmente inquieto. Sin duda no estaba acostumbrado a la sociedad, cualquiera que fuese. En el Instituto nos tuteábamos todos, pero, por así decirlo, yo no tenía ni un solo camarada; me había hecho mi rinconcito para mí y allí me quedaba. Pero no era eso lo que me tenía preocupado. Me había hecho a mí mismo la promesa de no participar en ninguna discusión y no pronunciar más que las palabras indispensables, para que nadie pudiese formular conclusión alguna sobre mí; sobre todo, no discutir. En la habitación, muy exigua, había siete personas, y diez con las señoras. Dergatchev tenía veinticinco años y estaba casado. Su mujer tenía una hermana y otra parienta; vivían también con él. La habitación estaba amueblada de cualquier manera, suficientemente, e incluso con pulcritud. En la pared se veía un retrato litografiado, pero sin valor, y en el ángulo un icono sin adornos de metal, pero con una lámpara encendida. Dergatchev avanzó a mi encuentro, me estrechó la mano y me ofreció una silla. —Siéntese usted; está aquí en su casa. —Háganos el favor —agregó inmediatamente una mujer joven de figura bastante agradable, vestida muy modestamente, y a continuación, después de haberme dirigido un ligero saludo, salió. Era su mujer y parecía haber tomado parte en la discusión; ahora iba a darle de mamar a su niño. Pero quedaban todavía dos señoras, una de estatura muy baja, de unos veinte años, vestida de negro y tampoco fea; la otra, de unos treinta años, seca y de ojos penetrantes. Estaban sentadas, escuchaban mucho, pero no intervenían en la conversación. En cuanto a los hombres, todos estaban de pie, excepto Kraft, Vassine y yo. Efim me los señaló en seguida, puesto que yo veía a Kraft también por primera vez. Me levanté y me aproximé a ellos para entablar conocimiento. No olvidaré jamás el rostro de Kraft: ninguna belleza particular, pero algo de delicado y de desprovisto de malicia, con una dignidad personal que se marcaba en todo. Veintiséis años, una cierta delgadez, una estatura superior a la estatura media, rubio, la fisonomía seria, pero dulce; una especie de tranquilidad en toda su persona. Y sin embargo, si queréis saberlo, no cambiaría jamás mi rostro tan vulgar por el suyo, que me parecía tan seductor. Había en su fisonomía un no sé qué que no me habría gustado en la mía, una especie de tranquilidad excesiva en el sentido moral de la palabra, una especie de orgullo secreto, ignorándose a sí mismo. Sin embargo, yo no podía juzgar exactamente de esta manera en aquel tiempo; es ahora cuando me parece haber juzgado así, después de consumado el hecho. —Encantado de verle —dijo Kraft—. Tengo una carta que le interesará. Nos quedaremos aquí un momento y en seguida iremos a casa. Dergatchev era de estatura mediana, un moreno robusto, de hombros anchos, con una gran barba. Se veía en su mirada la inteligencia práctica y la reserva en todas sus cosas, una cierta prudencia jamás desmentida; en vano se esforzaba en callarse la mayor parte del tiempo; era él quien evidentemente dirigía la conversación. La fisonomía de Vassine no me impresionó apenas, aunque yo hubiese oído alabar su rara inteligencia: rubio, de grandes ojos de un gris claro, el rostro muy abierto, pero al mismo tiempo algo de un exceso de firmeza. Se le presentía poco sociable, pero la mirada era realmente inteligente, más que la de Dergatchev, más profunda, más inteligente que las de todos los presentes. Por lo demás, puede ser que yo esté exagerando ahora. De los restantes, no me acuerdo más que de dos personas entre toda aquella juventud: un hombre alto, bronceado, con patillas negras, hablando mucho, de edad de unos veintisiete años, profesor o algo por el estilo, y un muchacho de mi edad, con cazadora de campesino, el rostro corroído, taciturno, y todo oídos. Resultó ser en efecto de origen aldeano. —¡No, no es así como hay que plantear la cuestión! —comenzó, reanudando por lo visto la discusión del momento, el profesor de las patillas negras, más acalorado que todos los demás—. Por lo que se refiere a las pruebas matemáticas, no tengo nada que decir, pero esta idea, que estoy dispuesto a aceptar incluso sin pruebas matemáticas... —Espere un momento, Tikhomirov —interrumpió ruidosamente Dergatchev—, los recién llegados no comprenden. Miren ustedes, se trata —y se volvió bruscamente hacia mí solo (confieso que, si tenía intención de hacer sufrir un examen al «nuevo» u obligarme a hablar, el procedimiento era muy hábil por su parte; lo percibí inmediatamente y me preparé)—, miren ustedes, se trata de que el señor Kraft, por ejemplo, del que todos conocemos su fuerza de carácter y la firmeza de sus convicciones, ha sido conducido por un hecho muy ordinario a una conclusión totalmente extraordinaria y que a todos nos ha asombrado. Ha llegado a la conclusión de que el pueblo ruso es un pueblo de segunda categoría... —¡De tercera categoría! —le gritó alguien. —... De segunda categoría, destinado a servir de materia prima a una raza más noble, sin tener jamás un papel independiente en los destinos de la humanidad. Basándose en esta conclusión, quizá justa, el señor Kraft ha llegado a decir que toda la actividad de los rusos, cualquiera que sea, debe quedar en lo sucesivo paralizada por esta idea, que, por así decirlo, los brazos se nos deben caer a todos y... —¡Permite, Dergatchev! ¡No es así como hay que plantear la cuestión! —intervino Tikhomirov con impaciencia. (Dergatchev le cedió la palabra en seguida.)— Siendo así que Kraft ha realizado estudios serios, ha extraído de la fisiología deducciones que él estima matemáticas y ha consagrado quizá dos años a su idea (que estoy dispuesto a adoptar con toda tranquilidad a priori), siendo así esto, quiero decir, la alarma y la seriedad de Kraft, la cosa se me aparece como un fenómeno. Todo nos conduce a la cuestión que Kraft no puede comprender, y de eso es de lo que debemos ocuparnos, quiero decir, de la incomprensión de Kraft, porque se trata de un fenómeno. Hay que decidir si este fenómeno corresponde a la clínica como caso aislado, o bien si es una propiedad que puede reproducirse normalmente en otros casos; es interesante para la causa común. Por lo que se refiere a Rusia, yo creo lo mismo que Kraft, y diría incluso que me alegro de ello; si esta idea fuese aceptada por todos, nos dejaría las manos libres y desembarazaría a mucha gente del prejuicio patriótico... —No es por patriotismo —dijo Kraft con una especie de esfuerzo. Todos aquellos debates parecían resultarle desagradables. —¡Patriotismo o no, dejemos eso a un lado! —declaró Vassine, silencioso desde hacía mucho tiempo. —Pero ¿de qué forma, decidme, la conclusión de Kraft podría debilitar las aspiraciones hacia la obra común de la humanidad? —gritó el profesor (él solo gritaba, todos los demás hablaban en voz baja)—. Yo bien quiero que Rusia sea colocada en un segundo rango; pero se puede trabajar para otros que no sean Rusia. Además, ¿cómo puede ser Kraft patriota si ha dejado de creer en Rusia? —¡Por otra parte, él es alemán! —lanzó de nuevo una voz. —¡Soy ruso! —dijo Kraft. —Ésa es una cuestión que no afecta al fondo de las cosas —le hizo observar Dergatchev al interruptor. —Salid, pues, de la estrechez de vuestra idea —continuó Tikhomirov, que no quería oír nada—. Si Rusia no es más que una materia para razas más nobles, ¿por qué no había ella de aceptar ese papel de materia? Es todavía un papel bastante brillante. ¿Por qué no descansar sobre esa idea para extender a continuación los puntos de vista? La humanidad está en vísperas de su regeneración, que ha comenzado ya. Hace falta estar ciego para negar las tareas que van a presentarse. Dejen ustedes a Rusia, si no tienen ya fe en ella, y trabajen por el porvenir, por el porvenir de un pueblo todavía desconocido, pero que se compondrá de toda la humanidad, sin distinción de razas. De todos modos, Rusia estará muerta un día; los pueblos, incluso los mejor dotados, viven mil quinientos años, dos mil años como máximo; dos mil años o doscientos años, ¿no es eso casi lo mismo? Los romanos, ¿no han triunfado durante mil quinientos años, y se han cambiado también en materia? Hace mucho tiempo que no existen, pero han dejado una idea, y esta idea ha sido un elemento de progreso en la evolución de la humanidad. ¿Cómo se le puede decir a un hombre que no tiene nada que hacer? Trabajad por la humanidad y no os preocupéis del resto. Hay tantas cosas que hacer, que la vida no bastará, si se considera bien. —¡Hay que vivir según la ley de la naturaleza y de la verdad! —dijo desde detrás de la puerta la señora Dergatcheva. La puerta estaba entreabierta, y se la veía de pie, con el niño en el seno, el pecho semicubierto, escuchando ardientemente. Kraft escuchaba sonriendo ligeramente. Al fin dijo, con aire un poco cansado, y además con una sinceridad enérgica: —No comprendo cómo se puede, si se está bajo la influencia de alguna idea dominante a la cual se subordina enteramente vuestro espíritu y vuestro corazón, tener una razón cualquiera para vivir fuera de esa idea. —Pero si se os ha dicho lógicamente, matemáticamente, que vuestra conclusión es errónea, que toda vuestra idea es falsa, que no tenéis el menor derecho a apartaros de la actividad útil común por la sola razón de que Rusia sería irrevocablemente un valor de segundo orden; si se os ha mostrado en lugar de un horizonte estrecho un infinito que se nos ofrece, en lugar de vuestra idea estrecha de patriotismo... —¡Ah! —dijo Kraft haciendo un gesto con la mano—. Os he dicho ya que no se trata de patriotismo. —Aquí hay una equivocación evidente —intervino de golpe Vassine—. El error consiste en que no tenemos en Kraft una simple deducción lógica, sino, por decirlo así, una deducción que degenera en sentimiento. Todas las naturalezas no son idénticas; hay muchos en quienes la deducción lógica se transforma a veces en un sentimiento violento que se apodera de todo el ser y que es muy difícil de expulsar o de modificar. Para curar al hombre así alcanzado, es preciso cambiar ese sentimiento, y la cosa no es posible más que reemplazándola por otra fuerza igual. Es siempre penoso, y en muchos casos imposible. —¡Eso es un error! —clamó el disputador—. La conclusión lógica disuelve por sí misma los prejuicios. La convicción razonable engendra un sentimiento apropiado. ¡El pensamiento emana del sentimiento y a su vez, al instalarse en nosotros, formula uno nuevo! —Los hombres son muy diferentes. Unos cambian fácilmente de sentimientos; otros, con dolor —respondió Vassine con aire de no querer prolongar la discusión. Por mí, yo estaba encantado con su idea. —¡Es exactamente como usted dice! —exclamé bruscamente, rompiendo el hielo y comenzando de pronto a hablar—. En efecto, en el lugar de un sentimiento es necesario poner otro capaz de substituirlo. En Moscú, hace cuatro años de esto, un general... es que, fíjense, yo no lo conocía, pero... Puede ser que, en el fondo, por sí mismo no fuese digno de inspirar respeto... Además el hecho mismo podía parecer irracional, pero... En fin, vean lo que pasó, perdió un hijo, o más bien dos hijas, una después de la otra, de la escarlatina... ¡Y bien!, se quedó súbitamente tan abrumado, que no olvidó jamás su dolor; daba lástima verle, y finalmente se murió apenas seis meses más tarde. Que murió de ese dolor, es un hecho. ¡Y bien!, ¿cómo se le habría podido resucitar? Respuesta: ¡por un sentimiento de una fuerza equivalente! Se necesitaba sacar de la tumba a esas dos hijitas y dárselas, eso es todo, quiero decir... alguna cosa de ese género. Él está muerto. Y sin embargo se le habrían podido ofrecer deducciones admirables: que la vida es corta, que todos nosotros somos mortales; se habría podido tomar del almanaque la estadística de los niños muertos por la escarlatina... estaba retirado... Me interrumpí, oprimido, y miré a mi alrededor. —¡Eso no es por completo lo mismo! —dijo alguien. —El hecho que usted alega, sin ser de la misma naturaleza que el caso presente, es sin embargo análogo y lo aclara —dijo Vassine, volviéndose hacia mí. IV Debo confesar aquí por qué he estado entusiasmado por el argumento de Vassine sobre «la idea-sentimiento», y al mismo tiempo debo confesar una vergüenza infernal. Sí, yo tenía miedo de ir a casa de Dergatchev, pero por una razón distinta a la que suponía Efim. Yo tenía miedo porque los creía ya en Moscú. Sabía que esas gentes (ellos, u otros de la misma clase, poco importa) son dialécticos y que muy probablemente destrozarían «mi idea». Yo estaba muy seguro de que esta idea no se la comunicaría a ellos jamás, no se la diría nunca; pero podían (una vez más, ellos o la gente de la misma clase) decirme cosas que me harían perder confianza en mi idea, incluso sin que hiciesen alusión a la misma. Había en mi «idea» problemas no resueltos, pero yo no quería que otro los resolviese por mí. En estos dos últimos años yo había dejado incluso de leer, temiendo tropezar con cualquier pasaje que no estuviese a favor de mi «idea», y que habría podido turbarme. Y he aquí que Vassine del primer golpe resuelve el problema y me calma extraordinariamente. En efecto: ¿de qué, por tanto, tenía yo miedo y qué podían hacerme con toda su dialéctica? He sido tal vez el único en comprender lo que Vassine quería decir con su «idea-sentimiento». No basta con refutar una hermosa idea, es preciso reemplazarla por otra no menos bella; de otra forma, no queriendo separarme a ningún precio de mis sentimientos, yo refutaría en mi corazón la refutación, incluso haciéndome violencia, sea lo que fuere lo que ellos pudiesen decir. Y ellos, ¿qué podían darme a cambio? También yo habría debido ser más osado; tenía el deber de ser más valiente. Y al entusiasmarme por Vassine, experimentaba cierta vergüenza, ¡me encontraba como un hijo indigno! Todavía otro motivo de vergüenza. No es el despreciable sentimiento de hacer valer mi talento lo que me ha impulsado a romper el hielo y a hablar, sino que es también un deseo de «saltar al cuello» de la gente. Este deseo de saltar al cuello, para que se me encuentre bueno, para que se pongan a abrazarme o yo no sé qué de ese tipo (una porquería, en una palabra), estimo que es el más infame de todos mis motivos de vergüenza. Desde hace mucho tiempo, sospechaba la existencia de eso en mí, y precisamente en aquel rincón donde me he mantenido durante tantos años, aunque no tenga por qué arrepentirme de ello. Yo sabía que debía mostrarme más sombrío en el mundo. La única cosa que me consolaba, después de cada una de aquellas vergüenzas, era que, a pesar de todo, me quedaba todavía mi «idea», siempre en su escondite, y que yo no la había entregado. Con un encogimiento de corazón, me imaginaba a veces que, el día mismo en que hubiera comunicado mi idea a alguien, de pronto no me quedaría ya nada, de forma que yo sería semejante a todo el mundo y que quizás hasta abandonaría mi idea; por eso la guardaba, la conservaba y temía los cotilleos. Y he aquí que en casa de Dergatchev, casi desde el primer encuentro, no había sabido contenerme: cierto que no había entregado nada, pero había charloteado de manera imperdonable; me había cubierto de vergüenza. ¡Triste recuerdo! No, no puedo vivir con los hombres; incluso hoy día estoy convencido de ello; y hablo con cuarenta años de anticipación. Mi idea es mi rincón. Apenas me hubo aprobado Vassine, me sentí presa de unas ganas incontenibles de hablar. —En mi opinión, cada cual tiene derecho a tener sus sentimientos propios... con tal de que eso se haga por convicción... Y nadie tiene derecho a reprochárselo —dije dirigiéndome a Vassine. La frase había sido pronunciada contundentemente, pero me parecía que yo no tenía nada que ver con aquello, como si fuese la lengua de otra persona la que se hubiese movido en mi boca. —¿Que-no-es-po-si-ble? —preguntó con ironía y recalcando las sílabas la misma voz que había interrumpido a Dergatchev y que le había gritado a Kraft que era alemán. Juzgándolo una completa nulidad, me volví hacia el profesor, como si fuera él el que hubiese gritado. —Mi convicción es que no tengo ningún derecho para juzgar a nadie. Yo estaba ya temblando, sabiendo de antemano que no podría contenerme. —¿Y por qué hacer tanto misterio de eso? —resonó de nuevo la voz de la nulidad. —¡Que cada cual tenga su idea! —dije yo mirando fijamente al profesor, que, por el contrario, se callaba y me examinaba con una sonrisa. —¿Y cuál es la suya? —gritó la nulidad. —Es demasiado larga para contarla... En parte consiste en esto: ¡que los demás me dejen en paz! Mientras que tenga dos rublos, quiero vivir solo, no depender de nadie (tranquilícense, me sé las objeciones) y no hacer nada, ni siquiera para la gran humanidad por venir, al servicio de la cual se quería hacer trabajar al señor Kraft. La libertad individual, es decir, mi libertad para mí, ante todo; no quiero saber nada fuera de eso. Mi error fue que me irrité. —¿Eso es decir que usted predica la tranquilidad de la vaca satisfecha? —Lo reconozco. La vaca no tiene nada de ofensivo. Yo no debo nada a nadie, pago mi tributo a la sociedad en forma de impuestos para que no me roben, no me den la lata y no me maten, y nadie tiene derecho a reclamarme más. Tal vez yo tenga personalmente otras ideas, tal vez querría servir a la humanidad y la serviré, quizás incluso diez veces más que todos los predicadores. Únicamente que no quiero que nadie exija de mí ese servicio, que nadie me obligue a ello, como se quiere obligar al señor Kraft. Quiero que mi libertad permanezca completa, aunque yo no mueva ni el dedo meñique. En cuanto a eso de salir corriendo para ir a colgarse del cuello de todo el mundo por amor a la humanidad y derramar lágrimas de enternecimiento, no es más que una moda. ¿Y para qué tendría yo que amar al prójimo o a vuestra humanidad futura, que no veré nunca, que no me conocerá, y que a su vez desaparecerá sin dejar rastro ni recuerdo (el tiempo nada tiene que ver con esto), cuando la tierra se cambiará a su vez en un bloque de hielo y volará por el espacio sin aire como una multitud infinita de otros bloques semejantes, lo que es con mucho la más absurda de las cosas que se pueda imaginar? ¡He ahí vuestra doctrina! Díganme, ¿por qué tendría yo que ser totalmente generoso? Especialmente si todo no dura más que un instante. —¡Vamos! ¡Vamos! —gritó una voz. Yo había soltado aquella parrafada nerviosa y malévolamente, quemando todas mis naves. Sabía que me lanzaba al abismo, pero me apresuraba, temiendo las objeciones. Me daba perfecta cuenta de que rodaba al azar, sin orden, sin concierto, pero me daba prisa en convencerlos y en aplastarlos. ¡Era para mí tan importante! ¡Llevaba tres años preparándome! Lo curioso es que se callaron repentinamente, como si nunca hubiesen dicho nada, limitándose a escuchar. Continué dirigiéndome al profesor: —Perfectamente. Un hombre en extremo inteligente ha dicho entre otros que no hay nada más difícil que responder a la pregunta: «¿Por qué hace falta en forma alguna ser virtuoso?» Existen aquí abajo, vean ustedes, tres especies de pillos: los pillos ingenuos, convencidos de que su pillería es la virtud suprema; los pillos vergonzantes, los que se ruborizan de su propia pillería, aun teniendo la firme intención de practicarla hasta el colmo, y, por fin, los pillos sin más ni más, los pillos pura-sangre. Permítanme: he tenido como camarada a un cierto Lambert que me decía ya a los dieciséis años que, cuando fuera rico, su mayor placer consistiría en alimentar a perros con pan y carne cuando los hijos de los pobres estuvieran muriéndose de hambre y que, cuando no tuvieran con qué calentarse, él compraría todo un pedazo de bosque, lo transportaría al campo abierto y caldearía el aire, sin dar a los pobres ni una sola ramita. ¡He ahí los sentimientos que él tenía! Pues bien, díganme ustedes qué podré responder a ese canalla pura-sangre si me pregunta: «¿Por qué hace falta en forma alguna ser virtuoso?» Y sobre todo en nuestra época, que ustedes han hecho de esta manera. ¡Puesto que las cosas nunca han ido peor que hoy, señores! La situación no está del todo clara en nuestra sociedad. Ustedes niegan a Dios, niegan la santidad; ¿cuál es entonces la rutina, sorda, ciega y obtusa, que puede obligarme a obrar de una determinada manera, si me resulta más ventajoso obrar de otra? Ustedes dicen: «Obrar razonablemente hacia la humanidad es también obrar en mi propio interés.» Pero ¿qué pasa si yo encuentro irrazonables todas esas cosas razonables, todos esos cuarteles, esas falanges? ¿Qué tengo yo que hacer con todo eso, qué tengo yo que ver con eso y con el porvenir de ustedes, si no tengo más que una vida que vivir? Que me dejen saber a mí mismo cuál es mi propio interés: extraeré más placer de eso. ¿Cómo voy a interesarme por lo que sucederá en vuestra humanidad de dentro de mil años, si vuestro código no me concede a cambio ni amor, ni vida futura, ni patente de virtud? No, caballeros, si la cosa es así, viviré, con la mayor insolencia del mundo, para mí mismo. ¡Al diablo los demás! —¡Bonito deseo! —Estoy dispuesto a seguirlo. —¡Mejor todavía! —Seguía siendo la misma voz. Todos los demás continuaban callados, mirándome y observándome; pero poco a poco, desde varios rincones de la habitación, empezaron a elevarse unas risitas, al principio discretas. Luego todos se me echaron a reír en la cara. Únicamente Vassine y Kraft no reían. El hombre de las patillas negras sonreía también; me miraba fijamente y escuchaba. —Señores —yo temblaba con todo mi cuerpo—, no les diré mi idea, por nada del mundo. Les preguntaré, por el contrario, según el punto de vista que ustedes tienen, no según el punto de vista mío, puesto que quizá yo amo a la humanidad mil veces más que todos ustedes juntos. Díganme, y están ustedes obligados a responderme inmediatamente, están ustedes obligados a ello —precisamente porque se están riendo, díganme entonces: ¿Qué tienen ustedes que ofrecerme para que yo les siga? Díganme cómo me van a probar que todo irá mejor con el sistema de ustedes. ¿Qué harán de la protesta de mi individuo en el cuartel de ustedes, en los alojamientos comunes, en el strict nécessaire, en el ateísmo, en las mujeres comunes y sin hijos...? Porque ésa es la conclusión final, lo sé muy bien. ¡Y por todo eso, por esa porción ínfima de interés medio que me asegurará la racionalidad de ustedes, por un trozo de pan y un poco de calor, toman ustedes a cambio toda mi persona! ¡Aguarden un poco! Se me quita a la mujer; ¿aplastarán ustedes lo bastante mi individualidad como para impedirme matar a mi rival? Me dirán ustedes que en ese momento habré llegado a ser más razonable; pero mi mujer, ¿qué pensará de un marido tan razonable, si ella se respeta por poco que sea? Confiesen que es algo contra naturaleza. ¿No les da a ustedes vergüenza? —¿Es usted especialista... en temas femeninos? —se burló la voz de la nulidad. Por un instante tuve ganas de lanzarme contra él y molerlo a golpes. Era un hombrecillo pelirrojo y cubierto de pecas... En realidad, al cuerno su aspecto. —Tranquilícese, todavía no he conocido a la mujer —solté yo, volviéndome por primera vez hacia su lado. —Preciosa comunicación, que podría haber sido hecha en forma más educada, dada la presencia de las señoras. Pero todo el mundo empezó a agitarse; cada cual cogía su sombrero y hacía ademán de marcharse, no por causa mía, sino porque ya era hora. Únicamente que aquella manera de tratarme con el silencio me cubrió de vergüenza. Me levanté también. —¿Quiere usted decirme, a pesar de todo, cómo se llama? No ha hecho usted más que mirarme —dijo el profesor, dando un paso hacia mí, con una innoble sonrisa. —Dolgoruki. —¿Príncipe Dolgoruki? —No, Dolgoruki a secas, hijo del ex siervo Makar Dolgoruki e hijo natural de mi ex amo señor Versilov. Cálmense, señores: no digo eso para que se me lancen ustedes al cuello y se pongan a llorar de enternecimiento como vacas. Hubo un estallido de risas sonoras y sin acritud, de forma que el niño que estaba durmiendo en la otra parte se despertó y se echó a llorar. Yo temblaba de furor. Todos estrechaban la mano a Dergatchev y se iban sin prestarme la menor atención. —¡Vámonos! Era Kraft, que me empujaba con el codo. Me dirigí hacia Dergatchev, y le estreché la mano con todas mis fuerzas y se la sacudí varias veces, con todas mis fuerzas también. —Discúlpeme —me dijo— si Kudriumov —el tipo pelirrojo— no ha hecho más que ofenderle. Seguí a Kraft. No me avergonzaba de nada. VI Evidentemente, entre mi yo de hoy y mi yo de entonces hay una distancia infinita. Persistiendo en mi empeño de «no avergonzarme de nada», alcancé a Vassine en la escalera, abandonando para eso a Kraft, personaje de segunda categoría, y, con el aire más natural del mundo, como si nada hubiese pasado, le pregunté: —Creo que conoce usted a mi padre, quiero decir a Versilov, ¿no es así? —No lo conozco muy a fondo —respondió inmediatamente (sin el más mínimo matiz de esa cortesía refinada, pero ofensiva, de la que usan las personas delicadas respecto a quienes acaban de cubrirse de oprobio)—, pero lo conozco un poco. He coincidido con él y lo he oído hablar. —Si lo ha oído usted, entonces lo conoce, porque usted es usted. Pues bien, ¿qué piensa de él? Perdóneme esta pregunta a quemarropa, pero necesito su respuesta. Necesito saber qué piensa usted de él, qué opinión tiene. —Es mucho pedir. Me parece que es un hombre capaz de formularse a sí mismo exigencias enormes y cumplirlas quizá, pero sin dar cuentas a nadie. —¡Exacto, completamente justo, es muy orgulloso! Pero, ¿es sincero? Escuche usted un poco. ¿Qué piensa usted de su catolicismo? Pero he olvidado que quizás usted no está al corriente... Si yo no hubiese estado tan turbado, indudablemente no le habría hecho a quemarropa preguntas semejantes a un hombre con el que nunca había hablado y al que no conocía más que de oídas. Me asombraba que Vassine no pareciera notar mi locura. —He oído decir algo de eso, pero ignoro hasta qué punto puede ser verdad —respondió con un tono siempre igual y tranquilo. —¡No hay nada de verdad en todo esto! ¡No son más que mentiras! ¿Se imagina usted que él pueda creer en Dios? —Es un hombre muy orgulloso, como usted mismo ha dicho, y a muchos hombres muy orgullosos les gusta creer en Dios, sobre todo los que desprecian un poco a los hombres. Muchos hombres fuertes experimentan una especie de necesidad material de encontrar a alguien o algo que adorar. Al hombre fuerte le cuesta a veces mucho trabajo soportar su propia fuerza. —¡Escuche, eso debe de ser terriblemente cierto! —exclamé yo—. Solamente que me gustaría comprender... —Oh, el motivo de eso es bastante claro: eligen a Dios para no tener que adorar a los hombres, naturalmente sin darse cuenta de lo que ocurre en ellos mismos. Adorar a Dios no tiene nada de humillante, he ahí cómo se reclutan los creyentes más apasionados, o con más exactitud, los que apasionadamente desean creer; pero

— Fedor Dostoiewski