La casa encantada

Virginia Woolf

A cualquier hora que uno despertara, había una puerta que se cerraba en algún lugar de la casa. De cuarto en cuarto iban ellos, tomados de la mano, levantando aquí, abriendo allá, comprobando algo, una pareja de fantasmas que buscaba lo mismo desde hacía siglos. —Aquí lo dejamos —decía ella. Y él añadía—: ¡Ah, pero también aquí!Está arriba —susurraba ella—. Está en el jardín —murmuraba él. Silencio —decían los dos—, o los despertaremos. Pero no era por eso que ustedes nos despertaban. Oh, no. Están buscando eso, están corriendo la cortina, se podía decir uno mismo al despertar. Así se aseguraba el lugar de la lectura, y por la casa entera pasaba entonces un resplandor. Una nube pasaba sobre el sol y con ella la certeza se apagaba; luego, en el próximo cuarto, martilleaban. Sí, aquí habían dejado su tesoro. La tumba estaba en el prado, bajo el manzano. Solamente el árbol podía tocar la casa. Débilmente, el pulso de la casa latía con orgullo. Segura, segura, segura, latía el pulso de la casa. El tesoro es tuyo. El viento subía por la avenida, los árboles se inclinaban y se inclinaban. La luz de la luna, esparcida sin cuidado en la oscuridad, dejaba caer una gota tras otra, y la casa quedaba tan clara como si un rayo la iluminara todo el tiempo, aunque en verdad la lluvia de la luna resbalaba sin dejar huella. Entonces se detenían junto al umbral del cuarto donde alguien dormía. Ella traía consigo la certeza que buscaban; él traía la alegría que había estado enterrada. —Aquí dormimos —decía ella. Y él añadía—: Besos sin cuenta. —Despierta en la mañana —decía ella—. Perlas de plata entre los árboles —decía él—. Despierta. El verano ha terminado —decían los dos—. El invierno se acerca. Las puertas se cerraban a lo lejos, golpe tras golpe, y se los oía alejarse, negros contra el blanco. Pero el latido de la casa se hacía más fuerte, más y más cerca de quien dormía, buscando su alegría enterrada. —Aquí escondimos nuestra alegría —decía ella. Y su voz se detenía junto a la cama, y la luz que traían levantaba los párpados del que dormía. —Mira —susurraban ella y él—. Duerme profundamente; su amor está seguro. —Nuestras manos están vacías —proseguían—. Nos apoyamos aquí, y ese peso, esa presión, era el latido del corazón de la casa. Segura, segura, segura, latía orgullosamente el pulso de la casa. Tantos años... —suspiraba él—. Me encontraste otra vez. —Aquí —murmuraba ella—, durmiendo; en el jardín leyendo; riendo, haciendo rodar manzanas en el ático. Aquí dejamos nuestro tesoro... Despertando entonces, uno gritaba: —Oh, ¿es este vuestro tesoro enterrado? La luz en el corazón.

— Virginia Woolf